Ponete el casco, implantate neuronas

Ponete el casco, implantate neuronas

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El Gobierno empezó este lunes a sacarles los bólidos a los motoqueros que circulan sin casco por las calles de la Ciudad. Es el primer avance concreto sobre uno de los grupos de riesgo que existe, junto con los ciclistas, suelto en las vías del tránsito porteño. La realidad indicaba que era hora de hacer algo con ese conjunto de conducta ambivalente. Por un lado, el de los motoqueros es un grupo cada vez más importante en número, que acecha a mil por hora -vaya uno a saber con qué misión- a peatones, autos y colectivos por igual, sin medir la vulnerabilidad que ocasiona esa actitud. El nivel de imprudencia con el que manejan los vuelve carne de cañón de cualquier circunstancia, incluso las generadas por imprudencias ajenas. Pero cada vez con mayor frecuencia se los ve retomar en "U" en las avenidas, desconocer los semáforos, doblar donde no se puede, en definitiva, manejar un vehículo con un reglamento que sólo a ellos les cabe, poniendo a decenas de miles de personas, a pie o motorizadas, en otra sintonía lo que refiere a las convenciones y legislación al respecto. A la moderada alegría ante la medida no la guía su carácter punitorio, sino el germen de un esquema preventivo que nunca dio resultados sin una etapa anterior rigurosa y ejemplificadora. En definitiva, la medida nace por el convencimiento de que más allá de que se cumpla mal o parcialmente, como se hace casi todo en esta Ciudad, al menos empezamos a intentar ordenar uno de los rubros que más estresa al porteño.

La otra característica de este subgrupo social y laboral -la mayoría de las motocicletas que circulan hoy en día, al menos de lunes a viernes, tienen como objeto llevar el pan a sus casas- es el de la agresividad y el patoterismo. Los motoqueros se imaginan guapos por derecho propio o guapos porque te pueden romper el auto y escapar entre entre el tránsito con total impunidad. O lo que es peor: porque forman parte de un grupo que, mediante handys, transforma una pelea callejera mano a mano, en otra de cinco o diez contra uno, haciendo gala de una valentía sin igual.

La verdad es que no da para abundar sobre esta tribu de crecimiento notorio en la dos últimas décadas. A pesar del slogan de "heroico y dignidad" que prefiguró la organización motoquera, la cosa se fue desfigurando hasta lo que describimos arriba. Para ser absolutamente justos, no creo que estos chicos de veinte a treinta años estén más “locos” que cualquier otro de su generación; ocurre que el medio en el cual se mueven es uno de los más caóticos de Buenos Aires y que el resentimiento hacia los demás tipos de vehículos con los que comparten la vía pública pasa justamente porque su grupo es el que más víctimas tiene. Se saben con riesgo de muerte y hacen todo para que les llegue bien rápido. Es un sector de la sociedad que tiene que perdurar, las ciudades importantes del mundo lo tienen, pero nuestros motoqueros deberían recapacitar que la vida por un paquete es una estupidez, y que cien peleas por día te llevan por mal camino. Son muchos los automovilistas que conducen con el corazón en la boca para no pisarlos y matarlos como moscas, a pesar de su talento y habilidad para la imprudencia. Ciclistas anoten: no cambia en nada el análisis anterior, sólo van más despacio, les queda el culo chato y se cansan más por pedalear.

EL RESTO DEL CAOS

Los colectivos no son mucho mejores que las motos, sino su contraparte en el caos. La diferencia es que son enormes (con casi cero riesgo) y que en todas las brusquedades en las que sus choferes combinan freno y volante, llevan las de ganar: te tocan, te raspan, te abollan y ni siquiera se detienen. El humo que emana de sus escapes es muy tóxico – supera lo permitido por la escala de Bacharach- y usan desmedidamente la bocina hasta fastidiar a cualquiera (suponen que en los embotellamientos, los autos vuelan). Son otros fabricantes de infracciones aunque eso no queda demostrado en los talonarios de los federales, vaya uno a saber por qué.

Otro rubro que es desatendido, no lo sé fehacientemente pero me guío por las consecuencias, son los servicios de charters o combis. Trasladan trabajadores al conurbano y viceversa, que cada día son más por la demanda en aumento. Si están controlados, el control entonces es pésimo. Entre otras infracciones, se paran en calles como Alsina o San Martín, ambas angostas y con un tránsito de colectivos respetable. Habría que trasladarlos, una vez cumplido el objetivo, a estacionamientos. No puede ser que se lleven media calzada ocho horas por día, entorpeciendo el tráfico. La autoridad, como siempre, ausente. Otros molestos históricos son las combis de turismo que -paradas en la puerta de los cientos de hoteles del centro- esperan que suban o bajen los turistas, generando diversos inconvenientes. Tardan demasiado en su cometido y permanecen a veces más de una hora detenidas en arterias clave.

La carga y descarga de camiones no debería estar ausente de la crítica, aunque en este sector, a pesar de que falta mucho, se nota un avance en el ordenamiento, pero cuando se atrancan bajando mercadería en horas pico, el caos vuelve a reinar.

Control y más control, de eso se trata. Y penas para los infractores como motor del aprendizaje social. Sin rigor en la sanción de las faltas jamás se abandonará la desobediencia que ganamos como porteños.

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