Fin de la convertibilidad a la europea

Fin de la convertibilidad a la europea


Era previsible. Tarde o temprano, las economías europeas caerían en una crisis severa. "Europa, de la convertiblidad al ajuste" fue el titular de esta columna el 18 de julio de 2010.
En el subtítulo se afirmaba: "El euro es el 1 a 1 europeo".

Como el peso en los 90, el dracma griego estaba (y aún está) atado a una moneda propia de un país con una productividad que Grecia no tiene. Lo que iba a pasar no era misterio: ajuste tras ajuste, inestabilidad política y estallido social.
O abandono del euro.

Economías muy desiguales no pueden tener moneda única.
Hacían falta economistas ciegos u obstinados para no advertirlo. Y los hubo. Y los hay. Su tesis: el problema de Grecia se origina en el gasto público. No es así.

Claro que el obeso Estado griego necesitaba (por muchas razones) hacer dieta. Sin embargo, la causa del problema –entonces incipiente, hoy casi terminal– no estaba allí. Estaba en el euro.

Si en vez de crear esa moneda común la Unión Europea hubiese fijado una paridad atada al marco alemán (1 peseta = 1 marco, 1 escudo=1 marco, 1 dracma=1 marco) el efecto no habría sido demasiado diferente.

El "euro español", como el portugués (y, ni hablar) el griego, valen menos que el "euro alemán". Es natural. La moneda griega, no podría valer lo mismo que la alemana porque Grecia no tiene, ni por asomo, la tecnología, el vigor productivo y la eficiencia que exhibe Alemania. Se comprende que, en esas condiciones, los costos griegos ?si hay que pagarlos con "euros alemanes".

Haciendo que todos los "euros" valgan lo mismo, las economías periféricas de Europa tienen costos y precios en "euros alemanes", y carecen de la capacidad alemana para absorberlos. Encuentran dificultades para exportar, ven cómo los productos importados les invaden sus mercados internos, y sienten que cada vez es más difícil alimentar a sus desnutridos Estados. Caen entonces los ingresos, y el consejo que reciben esos países es: "Dejen todo como está, reduzcan aun más el gasto y endéudense".

A eso le llaman "ajuste": una fórmula infalible para provocar recesión, quiebras y desempleo.

Con los ajustes, El Estado se ahoga y la gente se encrespa.

Un día, todo salta por los aires.

Los progresistas, entonces, echarán la culpa del estallido al ajuste. Y los liberales dirán que hubo explosión porque el ajuste no fue todo los severo que debió haber sido. Ambos redundarán en el error.

Así como los liberales creen que la solución es disminuir el gasto público, los progresistas creen que la solución es aumentarlo.

¿Cómo es posible que, una y otra vez, se tropiece con la misma piedra?

¿No podía la Unión tener un régimen bimonetario que dejara respirar a los países más atrasados? ¿O un sistema de preferencias comerciales que compensara, siquiera en parte, las desigualdades entre economías? ¿O subsidios cruzados con un efecto ecualizador? ¿O un fondo común para préstamos no reembolsables? ¿O programas de transferencia de tecnología que elevaran la productividad de los más débiles?

Si algunas de esas cosas se hicieron, fue con insignificancia.
Y no se ha entendido que una moneda sobrevaluada es una bomba de tiempo. Lo fue el peso, siempre que la Argentina abarató artificialmente el dólar: una vez con la "tablita", otra con la "convertibilidad" y en los últimos tiempos con el dólar "administrado". El dólar barato sirve para controlar, por un tiempo, la inflación: entran productos importados a buen precio y las industrias locales necesitan, para competir, reducir costos o ganancias. Al principio es efectivo, pero la economía no se puede reconvertir de un día para otro. La inundación del mercado interno con productos ajenos termina en quiebras y desempleo.

Nouriel Roubini -el economista que predijo el colapso argentino de 2001 y la crisis internacional de 2008- aconsejó dos años atrás: "Para ganar competitividad, los países menores de Europa deberán renunciar al euro y volver a las monedas nacionales". El Premio Nobel Paul Krugman estuvo de acuerdo, pero su causa era minoritaria. Él sabía que la solución era hacer lo que no se puede hacer con el euro: devaluar. La devaluación no es una fórmula mágica. Una economía ineficiente no se vuelve competitiva por el solo hecho de restarle valor a su moneda. En cambio, la sobrevaluación es infalible: termina provocando (siempre) recesión, desempleo, deuda y ?si no se corrige la distorsión a tiempo?default.

La Argentina no está hoy en la misma situación que en 2001, pero avanza peligrosamente en una dirección equivocada.

La gigantesca demanda china mantiene a la soja y otras materias primas en valores muy altos; y esto impide que nuestras exportaciones, medidas en dólares, sufran una caída.

No obstante, la tasa de cambio baja atrae importaciones. Es por eso que el gobierno levanta un muro de Berlín en las aduanas. No es por la mera arbitrariedad de un funcionario folklórico. Es la expresión de una política proteccionista de patas cortas.

Las autoridades están obligadas a cuidar que la balanza comercial no se le vuelva en contra. Pero restringir la importación es pan para hoy, hambre para mañana.

Los actores económicos saben, y la gente presiente, por qué se ponen trabas a la importación y a la compra de dólares. Es porque el peso vale menos de lo que, gracias a las compraventas del Banco Central, se lo he hecho valer. Quien busca dólares lo hace porque cree o sabe que después valdrá más. Quiere comprar barato, y las restricciones a las compras hacen que el dólar se encarezca donde menos necesita la economía: en el mercado paralelo.

Barato en blanco, caro en negro: ése es el peor dólar.

Sin alta productividad, no hay artilugio que resuelva el problema.

Y el aumento de productividad requiere, entre otras cosas, inversiones masivas; que sólo se darán si hay estrategias claras, un clima de negocios y estabilidad jurídica.

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