El último líder carismático

El último líder carismático


Con Fidel Castro murió el último líder carismático del siglo XX.

Para los diversos opinadores de las últimas horas murió el tirano de un régimen, un hombre que encarnó el personalismo en Cuba, un dictador que sometió a un pueblo al aislamiento. Carecen de conocimiento y de generosidad de espíritu sobre un pueblo, no su líder, que ha resistido todos los embates.

Para muchos dirigentes y militantes de diversas ideologías de centro izquierda murió el único hombre que llevó a cabo una revolución socialista en el mundo, un compañero que dedicó su vida a transformar su propia sociedad, un hombre de ideas fuertes y capacidad de exportación del ideario cubano.

Lo cierto es que ha muerto un hombre que hizo de todo menos pasar desapercibido. No por egocentrismo sino por convicción ideológica, por acción revolucionaria y resistencia permanente.

Tal vez las nuevas generaciones sientan indiferencia sobre lo que ha hecho, producido y provocado este líder carismático, típico del siglo XX, un líder capaz de convocar la atención de la masa por siete o más horas consecutivas para escuchar sus palabras adoctrinadoras. Fidel hablaba en un mundo en que la comunicación política era personal, cara a cara.

La política de hoy en nada se parece a la de las décadas del 60 y el 70, cuando las generaciones de la época ansiaban recibir el predicamento de las ideas liberadoras del imperialismo norteamericano en el continente latinoamericano.

En la Argentina hubo quien se animó no solo contra un imperialismo, sino con los dos existentes durante la Guerra Fría: Juan Domingo Perón.

Que si la revolución de Fidel fue exitosa o un fracaso contundente es una anécdota en medio de la historia. Más importante es que un país tan pequeño como Cuba, lindante por aguas oceánicas con su mayor detractor, Estados Unidos, haya sostenido sus banderas a pesar de un bloqueo económico perverso por décadas, aún cuando sus pocos socios se fueran debilitando con acontecimientos que hicieron estremecer al mundo.

Cuba siguió allí, defendiéndose porque era lo único que podía hacer. Y Fidel tenía explicaciones para cuantos argumentos se le presentaran por sus medidas políticas y económicas, como claramente expuso en el único reportaje que le concedió al diario Clarín en 2003.

Pero es el líder carismático el que atrapa hoy la atención mundial. Si no lo hubiera sido nadie estaría hablando tanto de la muerte de Fidel. A quienes tuvimos la suerte de verlo personalmente y estrechar fugazmente su mano en algún congreso al que se nos invitara puede dar fe de ese carisma, ese halo que tienen los grandes hombres y mujeres de la historia.

No era ensoñación ni idealización, era un hecho palpable que estremecía másallá de su palabra, incluso a quienes no compartíamos totalmente su pensamiento.

Fidel Castro logró que parte de la Resistencia Peronista se cobijara en Cuba en los años del exilio de Perón. No lo confesarán en público pero las memorias escritas por varios dirigentes hablan de esa impronta que conquistó a varios, entre ellos a John William Cooke, pero no conquistó a todos. No obstante, respirar la atmósfera de la revolución cubana en la década del sesenta insufló nuevas energías al peronismo.

Perón agradeció el esmero cuando fue presidente de los argentinos por tercera vez. Allí mandó a su ministro de Economía José Ber Gelbard a ofrecer ayuda a los cubanos. Cuando visitamos Cuba en 1986 las “guaguas” (ómnibus colectivos) que le mandamos en 1974 todavía funcionaban para transportar a los cubanos a sus trabajos y a sus hogares.

Ya no quedan líderes carismáticos sobre la tierra. Brillaron en una época por su inteligencia, su capacidad estratégica para el mirar el mundo en su proceso evolutivo, para percibir los cambios que se aproximaban con mucha menos información que la que tenemos ahora. Eran líderes de acción y reflexión al mismo tiempo, cuyos discursos nunca se asentaban en la coyuntura ni en los problemas domésticos sino en el futuro. Líderes fulgurantes y embriagadores por sus ideas y la forma de trasmitirlas, generadores de seguidores fanáticos, dispuestos a dar la vida si era necesario por una idea.

El liderazgo carismático fue central en la historia del siglo XX. Hasta pareciera que en ese siglo nacieron hombres y mujeres con la personalidad adecuada para encarnarlos.

Pero el liderazgo carismático, tal vez por sus características de construcción y las necesidades de la época, fueron generalmente autoritarios. El siglo XXI ya no requiere de este tipo de liderazgo sino de otros más democráticos, más participativos, menos agresivos y desafiantes, más concretos en la relación con las sociedades y más eficientes en la búsqueda de las soluciones. No importan tanto las ubicaciones ideológicas de derecha, centro o izquierda, sino la satisfacción del bienestar general y la consagración de estados de justicia.

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