Cuidado con criticar a Boudou

Cuidado con criticar a Boudou


Recurrentemente, el gobierno y sus amigos levantan el dedo y nos exigen que no hagamos determinadas críticas, o pretenden descalificar las que hacemos por razones que son ajenas a su contenido. A veces, la crítica no vale porque la hizo Juan; a veces porque la escribió en el diario de Pepito; y muchas veces, porque si objetamos algo, ello se debe a que tenemos propósitos destituyentes, o lo que decimos es compatible con -funcional a- los perversos deseos del sr. Muerte. Los contenidos de la crítica, en todo caso, no parecen importar, no están presentes.

Estos modos de intervenir en el debate -intervenciones orientadas a la censura- me resultan cada vez menos soportables. Cuando el feminismo radical avanzó sus críticas contra la explotación de las mujeres en la pornografía, tendió a coincidir en sus reclamos con los que hacía la Iglesia más conservadora en la misma materia, pero eso no hacía menos verdaderos ni menos justos sus reclamos. Cuando años atrás marchábamos cada día contra Alfonsín, no había argumento capaz de frenarnos, pese a que entonces sí (ahora no) había razones para temer un golpe de Estado. Cuando, frente a las políticas de Cavallo (que algunos irresponsables que luego ocuparon posiciones de poder prominentes consideraron el mejor Ministro de Economía de la historia), escribíamos o hablábamos en cualquier medio que nos ofreciera un espacio, nadie venía a decirnos que la crítica no valía por el lugar desde la que había circulado.

Ahora, la nueva consigna es que «ni se nos ocurra criticar al presidente Boudou, porque la Presidenta está reposando.» Es un insulto a nuestras convicciones democráticas más asentadas, tener en la cabeza del gobierno a una figura semejante: Boudou se crió con la derecha fascista, cuando ser de derecha significaba reivindicar a la dictadura. Boudou se formó políticamente en la UCEDE, cuando ser de la UCEDE implicaba pedir más mercado, contra un Estado que hacía sus últimos esfuerzos por no abandonar a los más desaventajados. Boudou se involucró en negociados infinitos, que terminaron con uno de los actos más atroces de nuestro Congreso contemporáneo: la expropiación de una empresa que no podíamos saber de quién era, pero a la que se encargaba la impresión de la moneda nacional.

Personaje que responde a la ética frívola de la corrupción impune, propia de los 90 ya pasados, Boudou presidente es uno de los puntos más oscuros en la historia democrática en América Latina, y es una pena enorme (esperable, pero no por ello menos pena) que funcionarios de primer rango salgan ahora a avalarlo.

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