Peguemos adentro que afuera no hay nada

Peguemos adentro que afuera no hay nada

El oficialismo porteño tiene dos caminos rectores. El principal es la construcción desde la Ciudad de una fuerza nacional que sustente la candidatura presidencial del jefe de Gobierno en tres años y medio. En esa lógica no hay 2015 sin 2013 y es por ello que las peleas internas se desataron en todos los frentes, no solo por ver quién conduce ese nuevo entramado político sino también por ver quiénes serán los que ocupen los lugares de privilegio en este rompecabezas aún no definido.


La elección del 2013 –y por qué no la del 2015– es como una pesadilla no deseada que se posó en las cabezas de los dirigentes Pro y que abortó por el momento todas las ventajas comparativas que el oficialismo poseía en el terreno de las hipótesis. Es cierto que el año político apenas roza el primer cuatrimestre y todos los caminos se pueden corregir, pero al macrismo le está sucediendo a nivel local algo parecido a lo que el peronismo vive acostumbrado a nivel nacional. Sin nadie con la densidad suficiente enfrente florecen los senderos de la interna, situación que acompaña al Pro desde su origen aunque esta vez no tiene la bipolaridad del pasado. Hoy es más un todos contra todos en la lucha por llegar (¿adónde?) y eso se transformó en un problema. La hegemonía de la que goza el oficialismo en los distintos resortes del poder produjo un desdibujamiento importante de las fuerzas opositoras que no aciertan en ocupar un espacio político que condicione o moleste al Gobierno porteño. El kirchnerismo debe recurrir permanentemente a su dirigencia nacional cada vez que pretende hacer blanco en la administración Pro o, más precisamente, en su jefe, Mauricio Macri. Es directamente desde Balcarce 50 o desde algunos de los ministerios como los de Nilda Garré, Julio de Vido o Alicia Kirchner desde donde se montan las principales operaciones tendientes a minar la capacidad operativa o de crecimiento político del submarino amarillo. La versión K porteña no tiene la potencia necesaria para poner en aprietos por su propio accionar al Gobierno de la Ciudad y se limita, en el mejor de los casos, a brindar continuidad a los embates surgidos desde el Gobierno nacional.

Ni hablemos de los aquellos aliados K como Aníbal Ibarra o Nuevo Encuentro que en el distrito tienen una conducta bastante alejada de las necesidades emanadas de la Casa Rosada. Es hasta el día de hoy que continúan los lamentos kirchneristas acerca de aquellas dos listas que colgara Daniel Filmus de su flaca candidatura, a la cual no le aportaron absolutamente nada más allá de los guarismos obtenidos. El resultado obtenido es un clásico de los K en el distrito y tiene su origen en el nivel de adhesión al modelo entre los que aquí sufragan y no en quienes encabezan las colectoras.

Proyecto Sur sufre. Además de estar afuera del único duelo que se ve de tanto en tanto en la Ciudad entre el Pro y los K, su propia falta de identidad colectiva que proviene desde el ámbito nacional repercute en su capacidad de golpear en el terreno local. La división de su bloque tampoco ayudó a consolidar este espacio. Sus legisladores solamente atinan a impulsar políticas espasmódicas desde la Legislatura, donde reside el principal bastión de su fuerza porteña, producto de una buena y otra mala elección de Pino Solanas.

Así llegamos a un oficialismo que tiene dos caminos rectores. El principal es la construcción desde la Ciudad de una fuerza nacional que sustente la candidatura presidencial del jefe de Gobierno en tres años y medio. En esa lógica no hay 2015 sin 2013 y es por ello que las peleas internas se desataron en todos los frentes, no solo por ver quién conduce ese nuevo entramado político sino también por ver quiénes serán los que ocupen los lugares de privilegio en este rompecabezas aún no definido. Por el momento la prioridad la tiene la provincia de Buenos Aires. Allí es donde el Pro tiene que hacer pie para mantener viva la llama, pero es territorio de pesos pesados como Daniel Scioli y Sergio Massa, por nombrar solo los más taquilleros. También construye por ahí su exsocio Francisco de Narváez, con quien tendrá que definir una estrategia común más allá de los egos. El Colorado es hoy de los que mide un dígito, bastante menos de lo que le juntó Emilio Monzó en su momento. Monzó hoy reniega todos los días con su armado provincial a dos puntas con peronistas díscolos y radicales descontentos. Es tan cierto que no le está yendo de la mejor manera como que por ahora no hay otro en el Pro que pueda superarlo en esa tarea. Es lo que hay y Macri lo sabe. Es más, él lo trajo, ya que esa baraja era originalmente del Colorado De Narváez.

Las senadurías de la Capital también despiertan mucho entusiasmo en la tropa. Las listas porteñas del 2013 dejarán mejor o peor posicionados a los posibles sucesores de Mauricio dos años después, de allí la temprana carnicería. Dos Pro de pura cepa como Marcos Peña y la actual vicejefa de Gobierno, María Eugenia Vidal, son los preferidos del Uno. Ella juega más fuerte que él pero es solo cuestión de estilos, aunque también tiene que ver con el querer ser. Horacio Rodríguez Larreta, algo más retrasado, peleará como siempre hasta el final, tirándole los kilos encima a quien se le ponga delante. A su vez, el peronismo Pro (como todos los peronisimos) no sabe qué es dejar libres los espacios y tanto Diego Santilli como Cristian Ritondo –hoy, como casi siempre, por separado– van a vender cara sus derrotas. Todo esto ya está lanzado y hace ruido. Y todavía falta saber qué decide hacer la que más mide, acá y allá: Gabriela Michetti, la más mimada por Macri. La quiere con él, pero del otro lado de la General Paz.

Más columnas de opinión

Qué se dice del tema...