Los porteños y esa eterna condición de rehenes

Los porteños y esa eterna condición de rehenes

Por Fernando Riva Zucchelli

"Uno no pretende evaluar la justicia o no de los actos, en los que los cuestionamientos nunca llegan a ser correctamente aclarados ni por unos ni por otros. Pero a la floja gestión tampoco hay vocación de mejorarla, sino de demolerla".


Resulta difícil por estos días vivir en la Ciudad de Buenos Aires, tan brutalmente exigente y dura para quienes ejercemos el derecho a trabajar en este suelo y, a la vez, tan bella para los turistas que la vuelven a poblar a partir del retroceso de la pandemia de gripe A y el mejoramiento parcial de la crisis mundial. A las condiciones de libre circulación e intranquilidad continua a que somos sometidos por la protesta de todos los perjudicados del sistema gobernante y del mercado en el plano nacional y local, se le suman hace un año las permanentes provocaciones de neto corte político que tienen como último destinatario al jefe de Gobierno Mauricio Macri.

Todo tema de repercusión pública en este lugar del mapa tiene su correlato en una conferencia de prensa de la oposición que se turna para ganar cámara y que precede –en combo– a la movilización posterior de los que tienen menos verba pero más aparato para sacar a la calle. Veamos en detalle estas dos movidas que se dan con una frecuencia importante. La impericia de los gobernantes locales –cuándo aprenderán, cambio referí– no logra frenar la ola de denuncias que les enrostra la oposición, algo que ya es costumbre, por ejemplo a partir de cada nombramiento que realizan. Mientras que al oficialismo le falla el scanner en la elección, a la oposición a veces le sobra imaginación y ganas de figurar.

Esto funciona más o menos así. Surgido un problema, avanza la coordinación entre la oposición para definir la operación y allí, cuando está garantizada la concurrencia de los medios, se llama a conferencia de prensa. Mientras se van juntando las 20 firmas de diputados locales para poder forzar la sesión en la cual será presuntamente interpelado el funcionario. Pero en el 99 por ciento de los casos, la cuestión morirá en esa movida de prensa y la interpelación deseada –factor movilizador de los medios– jamás existirá. ¿Por qué? Sencillamente porque el quórum tampoco jamás existirá y todo quedará en la nada. Trampa, sí. Perdón, aún falta la movilización anunciada ante los medios para fortalecer la posición para “cuando el funcionario enfrente a los representantes del pueblo”. Allí vendrán los cortes, las barras, mucho ruido y pocas nueces. Y una vez cada tanto, ¡bingo!, como cuando fundió biela el Fino Palacios.

Uno no pretende evaluar la justicia o no de los actos, en los que los cuestionamientos nunca llegan a ser correctamente aclarados ni por unos ni por otros. Pero a la floja gestión tampoco hay vocación de mejorarla, sino de demolerla.

Esta política ultralight requiere sólo un par de micrófonos y flashes afuera del recinto, invitaciones a programas de TV por la noche, una columna en gráfica al día siguiente y listo el rédito fácil de la protesta ídem. El aporte silencioso a una iniciativa del Ejecutivo es visto como una traición por todos aquellos que piensan más en de quién viene que en el contenido de lo que viene.

Este gobierno vive tambaleando, esquivando los misiles que le llueven desde la Casa Rosada casi sin responder. El caso del espía Ciro James y el acampe piquetero en la 9 de Julio, enloqueciendo a la Ciudad, marcaron un hartazgo en el poder local de esa concepción de pasividad ante la agresión externa. Macri sabe que no son batallas para ganar, pero al menos hay que reaccionar de manera inteligente. Los K registraron el humor social porteño y negociaron ambas cosas. La templanza de Macri al frente del distrito hoy es la que marcará su potencialidad futura, ésa que por ahora no lastima. Él observa atento y piensa para sus adentros.

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