Un arquero, un titiritero y un clavo: las claves de una huida cinematográfica

Un arquero, un titiritero y un clavo: las claves de una huida cinematográfica

El escenario fue un terrorífico palacio en decadencia. La fuga de cuatro muchachos, provocó que la volaran.


Era una noche como para quedarse en casa. La lluvia era torrencial y la temperatura había bajado sensiblemente. Dentro de una antigua mansión, situada en el límite entre Castelar e Ituzaingó, entretanto, cuatro jóvenes se jugaban el todo por el todo para salir a la intemperie, utilizando su habilidad para abrir una falleba manipulando un clavo.

Esa noche desapacible se cumplía el segundo aniversario del advenimiento del Golpe de Estado que tanto hizo para destruir a la Argentina. Era el 24 de marzo de 1978 y Claudio Tamburrini, Daniel Russomano, Guillermo Fernández y Carlos García Muñoz aún se encontraban prisioneros en una casona situada en Blas Parera 52 (Castelar), conocida como Mansión Seré.

Sus secuestradores, que habían desalojado el edificio en el que antes funcionaba el Casino de Oficiales de los pilotos de la Sétima Brigada Aérea de Morón para convertirlo en un “chupadero”, se habían descuidado aquella noche.

Uno de los detenidos, Fernández, al que sus captores llamaban “Cromwell”, porque era “el Canciller de Hierro”, que negociaba la situación de sus compañeros, tratando de mejorarla, había encontrado un clavo en la habitación. Con éste abrieron la falleba de la persiana, que no tenía manija. Luego, abrieron una reja de hierro y con sus frazadas anudadas improvisaron una soga por la que se descolgaron desde el primer piso.

Cuando corrían hacia la calle, de repente apareció un auto y las cuatro fantasmales figuras se arrojaron al piso. Fernández relató el drama como si no le hubiera ocurrido a él. Mientras estaba acostado en el pasto, relató, “yo me di vuelta y miré hacia atrás. La ventana seguía abierta de par en par, la luz salía por allí y la cuerda, formada por frazadas y sábanas anudadas todavía colgando, se agitaba. Esa imagen la tengo grabada”.

Segundo antes, este actor, que hoy vive en Montpellier, en la Occitania francesa, que había sido el último en bajar, se había demorado escribiendo con ese clavo en la pared: “gracias, Lucas”, un mensaje dirigido al más sádico de sus torturadores.

Desde el 20 de octubre de 1977 –hacía 155 días- Fernández, al igual que sus compañeros, había sufrido torturas salvajes, golpizas de todo tipo y tormentos aún peores, porque sus verdugos ilusionaban a algunos prisioneros con la posibilidad de otorgarles la libertad, ocultándoles que su intención era que nadie saliera vivo de Mansión Seré. De hecho, pocos de los secuestrados que pasaron por allí sobrevivieron.

Por esta razón, Fernández y Tamburrini, que era el arquero de la división superior del Club Almagro, debieron insistir ante sus compañeros para convencerlos de que se fugaran con ellos, ya que se encontraban reacios a hacerlo, ante la posibilidad de ser liberados.

Tamburrini, que hoy enseña Filosofía en la Universidad de Gotëmburgo, en la gélida Suecia, había sido secuestrado el 23 de noviembre de 1977 en su casa, tras un partido de fútbol. Los torturadores, haciendo gala de una poco elaborada ironía, le espetaban, mientras lo molían a golpes: “así que vos sos el arquero de Almagro, atajate ésta”. Luego, llegaban las sesiones en las que todos debían soportar las consecuencias del accionar de “La Pequeña Lulú”, como le decían a la picana eléctrica.

El exfutbolista y filósofo relató que se pasó los 121 días en los que estuvo secuestrado vestido con el mismo pantalón que tenía puesto el día de su secuestro y sin siquiera poder lavarse los dientes. Como su destino estaba escrito, con la escasa comida que se les servía, a veces les daban laxantes. Para peor, antes de la fuga, Tamburrini y Fernández debieron sufrir un simulacro de fusilamiento en el que los obligaron previamente a pedir un deseo, en otra muestra de estúpido sadismo al pedo.

Los cuatro jóvenes corrieron por las calles desiertas esquivando la presencia humana, hasta que Fernández golpeó una puerta y consiguió que un alma noble le proveyera algo de ropa y un poco de plata para el colectivo. Desapareció en la noche, mientras sus secuestradores traían un helicóptero para buscarlos, que debió volver a la base a causa de la tormenta.

Entretanto, los tres fugados permanecían ateridos en la oscuridad, en una obra en construcción que estaba a no más de 400 metros de la Mansión Seré, contrariando toda la lógica de una fuga. Los manuales recomiendan separarse, alejarse y esconderse sólo en caso de conseguir un lugar seguro. Ninguna de estas tres premisas se cumplía en este caso.

Cuando se desesperaban por una ayuda que no llegaba, de repente vieron que se acercaba un auto, que García reconoció enseguida. “Mi viejo”, casi gritó y los tres salieron corriendo, se subieron y se fueron. Así de sencillo.

Tamburrini se fue del país por Brasil, un mes y medio después de la fuga. Fernández se fue a Uruguay y de ahí a Europa, al igual que Tamburrini.

Muchos años después, casi una eternidad, los genocidas que emprendieron la justicia por caminos ilegales fueron juzgados. El 16 de julio de 2015, el brigadier mayor Miguel Ángel Ossés fue condenado a prisión perpetua. Su colega, el brigadier mayor Hipólito Mariani, junto a sus subordinados, el brigadier César Comes, los cabos primeros Daniel Scali y Marcelo Barberis y el agente civil de inteligencia Héctor Seisdedos fueron condenados a 25 años de prisión. Por su parte, el comisario bonaerense Néstor Oubiña fue condenado a doce años y el suboficial principal Felipe Sosa, también de la policía provincial, a nueve años. El dos septiembre de 2019, finalmente, fueron sentenciados a 25 años de cárcel el suboficial principal de inteligencia de la Fuerza Aérea Mario Rulli y el cabo primero Julio Flores.

Poco después de la fuga de Tamburrini, Fernández, García y Russomano, los militares dinamitaron la casa, que era propiedad del estado de la ciudad de Buenos Aires. Los secuestrados que aún permanecían allí fueron, en algunos pocos casos, blanqueados y en otros, “liberados”.

Una parte de la Mansión Seré –o Atila, como la llamaban los militares, siempre propensos a ejercer una cuestionable adhesión al sanguinario personaje- fue convertido en el campo de deportes “Gorki Grana” de la Municipalidad de Morón. Otro sector fue convertido en Casa de la Memoria y una de las sobrevivientes, Zoraida Martin, oficia como guía para explicarles a los visitantes los sucesos de entonces, para ahuyentar a los fantasmas y que los hechos aquí relatados nunca se repitan.

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