Llamando al Apocalipsis

Llamando al Apocalipsis

El poder del Gobierno se diluyó. El dólar no tiene límite. Los precios siguen en una estampida salvaje. ¿Hay salida?


En ciertas ocasiones el destino es un monstruo. Un gobierno que llegó al poder hace 954 días con la ilusión de celebrar un triunfo popular, se debate en estos precisos momentos entre sus propias contradicciones y sus limitaciones. Para comenzar, el mal que aqueja al Frente de Todos habita dentro de la coalición.

No importan las discusiones entre Alberto Fernández y Cristina Fernández. Son lógicas. Lo que importa es que un gobierno peronista no puede debatirse entre el no hacer y el no resolver. Entre favorecer opulentos negocios y hundir a los desheredados en la miseria. Entre subsidiar a las empresas y luego no controlar que los dineros públicos sean invertidos en el rubro en el que se deben invertir. Cada empresa de colectivos recibe un subsidio de un millón de pesos mensuales por cada unidad, pero el Estado no controla que éstas sean fletadas a las calles, por ejemplo. Y cuando hubo que tomar decisiones sobre Vicentín se retrocedió con cierta flaqueza.

Existen distintas tendencias internas en el muy heterogéneo Frente de Todos. Las dos más importantes son el universo kirchnerista y el Frente Renovador. En las dos prevalece la urgencia por ocupar espacios de poder, antes que la necesidad de organizar, adoctrinar y persuadir. Por otra parte, existe el universo de los gobernadores, que tienen sus expresiones políticas regionales y que aportan para el triunfo o para la derrota peronista con mucha precisión. Luego, existe un universo algo amorfo al que se le podría llamar “el progresismo”, que aporta casi nada en el nivel organizativo, pero atrae a ciertos sectores de la clase media, otrora muy gorila. Más allá de ellos, existe otra galaxia, conformada por cientos de agrupaciones de variada gama, que fluctúan entre el reclamo social y las expresiones políticas regionales.

Al costado de todos ellos, están las atomizadas expresiones del Movimiento Obrero, que hace muchos años dejaron de lado la unidad de acción, por lo que su influencia en el peronismo es menor a la de otras épocas. El sector de “los gordos” se percibe algo albertista por estos días, pero los constantes desaciertos gubernamentales los fueron alejando de la Casa Rosada y hace pocos días desde la Presidencia debieron rogarles que no desairaran al presidente, suspendiendo la conmemoración del 48° Aniversario del Fallecimiento del General Perón. Al final, casi a regañadientes, accedieron a realizar el encuentro en el Salón Felipe Vallese, con la presencia de Alberto Fernández.

La crisis terminal del Gobierno se desató, paradójicamente, al día siguiente, cuando renunció Martín Guzmán, que hoy pareciera ser el compendio de todos los males, después de haber sido, aparentemente, la suma de todas las virtudes. Lo concreto es que el reemplazo de Guzmán por Silvina Batakis, que destacó en su primer encuentro con la prensa que su línea política iba a ser la misma que la de su antecesor, arrojó al desencanto a toda una pléyade de militantes y de funcionarios del oficialismo y sumió al Frente de Todos en una crisis que no cesó de agravarse desde aquel dos de julio.

Si el Frente de Todos es el culpable de arrojar a la pobreza a su propio electorado, deprimir los salarios, no restablecer los derechos conculcados, ni intentar frenar la ofensiva de las pistolas remarcadoras, no tiene destino, ni objetivos, ni ansias de mejorar. Eso sellará su destino electoral inmediato.

Los dos meses que vendrán, para colmo, serán aún peores que los días de crisis que transcurren hoy. La razón es muy sencilla: los pobres que están organizados apenas están comenzando a salir a la calle, pero en un mes, esto será un caos. La riqueza de pocos sólo se sostiene con gases lacrimógenos y con palitos de abollar ideologías.

Antes, Mauricio Macrí dejó un tendal de 10 millones de pobres e indigentes. La mala noticia es que ninguno de ellos salió del Infierno, y no sólo eso, sino que hay otros 10 millones que ya los siguieron o se aprestan a seguirlos. Los más pobres iban por su carril y los beneficiarios de los planes iban por otro. Ahora casi no se pueden diferenciar. Inclusive, los que tienen trabajo y se mantienen en las categorías de sueldos más bajos, son tan pobres como los “planeros”. Puede haber alguna diferencia, pero están tan cerca que ésta es mínima.

Para peor, los movimientos sociales cercanos al Frente de Todos y los que encabezan dirigentes de izquierda confluyeron en la acción y ya están prometiendo incendiar la calle. Este accionar sería fatídico para el Gobierno. Y no es sólo con dinero como se arregla, porque con dinero se llegó hasta aquí y así no alcanza para seguir.

Lo poco bueno que se había hecho, como la mejora de algunos números de la macroeconomía y el aumento de la ocupación se diluyó en el no hacer nada del presidente y sus asesores principales. “No pasa nada” le dijeron hasta el hartazgo a la vicepresidenta cuando ella reclamaba por políticas de inclusión, cuando se acercaban las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias de 2021. “Los números nos dan bien”, le aseguraban. Después, pasó lo que pasó y el 2023 quedó más lejos que nunca. Lo peor es que esta irresponsable indiferencia ante el desastre sigue primando aún hoy, casi nueve meses después.

La anodina interpretación acerca del manejo del poder que campea en la Casa Rosada quedó reflejada en la renuncia de Martín Guzmán. Éste le envió el sábado dos de julio el texto de su dimisión al presidente y al secretario General de la Presidencia, Julio Vitobello. Nadie le contestó. El exministro insistió llamando por teléfono a Olivos. El presidente no lo atendió. Guzmán se dio cuenta de que ya estaba de más y luego pasó lo que pasó. La crisis podría haber sido evitada, pero todo es así en Olivos y en la Casa Rosada. Nada se define por sí o por no. El “no pasa nada” es el concepto que prima.

Hoy, el Gobierno es insostenible y no existe otra posibilidad que –en el mejor de los casos- adelantar las elecciones. Quizás el proceso se inicie en marzo o aún antes. Hay dudas hasta en eso. ¿Quién puede asegurar que la rebelión social no se va a desatar? Inclusive, existían los que adelantaban –hace un par de meses, nada más- que con la liquidación de la soja se llegaba a octubre, luego venía el Mundial de Fútbol de Qatar, después las vacaciones y entonces, ya en marzo, se podría comenzar a pensar en la política. El más ingenuo error era pensar que los ruralistas –el sector más enemistado con el Gobierno- iban a liquidar sus divisas, sabiendo que esto favorecería a Alberto Fernández y a su Frente de Todos.

En medio de esta extrema debilidad política, provocada en parte por la inacción y en parte por decisiones erróneas, es posible que algunos sectores del poder intenten perfeccionar la maniobra, proscribiendo a Cristina de las elecciones de 2023. El Tribunal Oral Federal N° 2, que la juzga por una causa de supuesta corrupción en obras públicas de Santa Cruz, tendría –según denunció la propia vicepresidenta- “la condena escrita y firmada”.

Para sumar al caos, la Corte Suprema de Justicia de la Nación debe revisar el sobreseimiento con que fue beneficiada la propia Cristina en la causa de Dólar Futuro, mientras que la Cámara Nacional de Casación en lo Criminal y Correccional aún debe revisar los sobreseimientos en las causas Memorándum con Irán y Hotesur-Los Sauces. Con un gobierno tan débil, el futuro judicial de la vicepresidenta es negro, indudablemente.

A pesar de su disconformidad con algunas políticas del Gobierno, desacuerdo que incluye a la vicepresidenta, los movimientos sociales ligados al kirchnerismo estarían dispuestos a movilizarse para evitar lo que ellos consideran que cae dentro de la arbitrariedad judicial. Más allá de la alegría que esto provoca entre los seguidores de la vicepresidenta, sus movilizaciones contribuirían al caos social que pareciera estar avecinándose. Así de paradójica es la situación.

Las salidas posibles para el Gobierno son borrascosas, porque no hay resolución en los trazos gruesos de la política. ¿No existe otra salida que el ajuste para equilibrar las cuentas fiscales? ¿Hay alternativas en el manejo de las divisas, habida cuenta de que, por ejemplo, la inmensa mayoría de los turistas extranjeros opta por negociar sus dólares en el mercado negro? ¿No se puede sancionar a quienes elevan los precios de manera sistemática? ¿Es posible que no se pueda evitar que los precios internos estén atados al dólar ilegal? ¿No se puede evitar que los dólares del Banco Central sigan financiando a la especulación financiera? Y, finalmente, ¿no se puede modificar la Ley N° 21.526, de Entidades Financieras, que dictó José Alfredo Martínez de Hoz, que falleció en la cárcel luego de sus múltiples desaguisados económicos, entre ellos esta misma ley?

Ni siquiera parecieran servir los subsidios al transporte público, cuyos beneficiarios terminan de realizar un “lock out” patronal para que se normalicen los pagos, atrasados por la falta de liquidez en las arcas públicas.

Tanta acumulación de contrariedades no puede ser casual. Si no hay salida es porque triunfaron el engaño y la presión de los poderosos. En este país hubo generaciones enteras que dejaron la vida luchando por la Patria. No es posible que hoy, justo hoy, se cumpla la profecía del Indio Solari, que en Todos a los Botes! auguraba:

Todos esos colosos,

Son tan golosos

Que nos sentencian a flotar

En venenos siniestros.

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