¿Qué está pasando en la Policía Federal?
Desde que a fines del año pasado murió Rubén Carballo en medio de una feroz represión a la muchachada que aguardaba entrar al estadio de Vélez a escuchar a Viejas Locas, algo está perceptiblemente mal en la Policía Federal. Prácticamente no pasa semana en la que no haya alguna noticia protagonizada por efectivos que se extralimitaron claramente de sus funciones. Es un proceso que merece ser seguido con atención. Entre otras cosas porque desde hace siete años es la Policía Federal la que viene garantizando que las protestas sociales no sean reprimidas. Cuando tanto se habla ?y por lo tanto secretamente se desea? de la posibilidad de que haya un muerto que le amargue la existencia al Gobierno nacional? se pierde de vista que ya hay varios muertos, aunque, hasta ahora, sólo en los márgenes.
TRES HECHOS
El martes de la semana pasada se supo del apriete a mano armada por parte de efectivos vestidos de paisano, sin ninguna señal de identificación, al juez que investiga la relación entre algunos oficiales de la repartición y varios prostíbulos. Cinco días antes, el jueves, se había procedido a la reconstrucción en Villa Soldati del fusilamiento de un joven por efectivos de la Comisaría 36. Cuando se produjo ese asesinato, la policía también baleó en la cabeza a un chico de 13 años que había visto la escena, cosa de que no hubiera testigos, y a continuación molió a patadas al hermano del agonizante que pretendía auxiliarlo, al que muy posiblemente no hayan matado porque para entonces los testigos eran demasiados. Una semana antes de dicha reconstrucción tuvo lugar la ejecución de un ladrón de autos a tres cuadras del Departamento de Policía por efectivos de la Comisaría 4, en lo que parece haber sido una ratonera (emboscada tendida para silenciar a uno o más delincuentes) de manual. Cada uno de estos episodios trajo consigo un mensaje tácito.
Uno. El juez Alejandro Cilleruelo tiene a su cargo una causa abierta por el funcionamiento de una red de prostíbulos con ostensible protección policial. Ya ha sufrido intimidaciones antes, y por eso hace casi un año que cuenta con una custodia provista por la Gendarmería Nacional. El 23 de abril iba con ésta en su Volkswagen Polo rojo por la avenida Cruz en dirección a la General Paz cuando a la altura del colegio Delpini fueron alcanzados y arrinconados a toque de sirena por un viejo Peugeot 504. ?¡Bájense porque los matamos, hijos de puta!?, les gritó uno de sus ocupantes. Según habría de denunciar el juez ante su par Ricardo Rongo, el gritón ?se encontraba sumamente exaltado, con sus ojos vidriosos, enrojecidos y fuera de órbita?. El juez también puntualizó que quienes los detuvieron ?carecían de todo tipo de identificación a la vista, como ser gorras, chalecos o pectorales con la inscripción de la Policía Federal, vistiendo con ropa común pero desalineada?, y que hicieron gala de una ?excesiva e injustificada violencia? que le hizo creer que estaban siendo asaltados. Dicho de otro modo: que fue un módico milagro que los gendarmes no repelieran a tiros el abordaje.
También señaló que cuando les pidió a quienes los habían interceptado se identificasen, sólo consiguió que lo hicieran dos de los cuatro. Quién los había amenazado dijo ser ?el sargento primero Olivieri? y su superior ?el subinspector Vegega?, al que, al despedirse, el juez le dijo: ?Que tenga buen día?. Esto motivó, siguió declarando Cilleruelo, que el oficial perdiera la compostura y metiendo su cabeza y parte de su cuerpo adentro del Polo lo increpara: ?¿Por qué motivo no voy a tener un buen día? ¿Eh??.
Si hacen eso con un juez, que no podrán hacer con los demás ciudadanos.
Dos. El segundo episodio también entrañó un claro mensaje. El sargento Javier Adrián Liendro, uno de los policías que en la tarde del 19 de agosto pasado mataron en Riestra y Laguna a Claudio Ariel Paz, más conocido como Fido, balearon en la cabeza al pibe Cristian Torre, dejándolo paralítico y le dieron una paliza de órdago a Diego Orlando Paz (al que después retuvieron 72 horas ilegalmente incomunicado en un calabozo de la Comisaría 36), se presentó a la reconstrucción del crimen? armado. Y no con una, sino con dos pistolas 9 mm. Qué es como ostentar el respaldo de sus cancerberos y proclamar ?Volvería a hacerlo de nuevo, ¿y qué??.
Tres. El tercer episodio fue el que tuvo más impacto. Ocurrió en un estacionamiento que tiene una gran entrada/ salida por Belgrano, y una salida pequeña por Salta. El ladrón entró, al parecer con un cómplice que debe de haberlo instigado a apretar a dos mujeres, tras lo cual se hizo humo. La escena fue grabada por las cámaras de video del parking. El video fue emitido repetidamente por TN y está todavía en internet. En él puede verse el momento en el que el ladrón consigue que una mujer le dé la llave de su auto luego de amenazarla verbalmente llevándose la mano a la cintura como si tuviera un arma (que todo indica no tenía). También se ve en el video cómo las mujeres ?la dueña del auto estaba acompañada? corren hacia Belgrano mientras el ladrón sube al auto, lo arranca y enfila hacia la salida de la calle Salta, embistiendo la barrera. Debe detenerse, porque la salida estaba bloqueada por la parte de atrás de un colectivo 39 (que no puede avanzar porque se lo impide, fuera de cámara, un patrullero de la Comisaría 4? que, como suele suceder en las ratoneras, pasaría casualmente por ahí). Después se ve en la parte inferior de la pantalla a alguien, casi una sombra (se supone que el encargado del estacionamiento), que corre hacia el coche con un palo en la mano pero vacila y sale de escena por la izquierda. Y enseguida se ve a un policía de uniforme (un sargento de la Comisaría 4, se informó) que va corriendo hasta el auto, se pone a la par del chofer y le dispara cinco veces. El ladrón, desesperado, intenta eludir la balacera y el colectivo, y al final, ya herido de muerte, lo logra. En la maniobra por poco aplasta contra el micro a su verdugo. Después recorre unos pocos metros hasta chocar a baja velocidad contra el semáforo que está cruzando Belgrano. El ladrón nunca disparó. Algunas personas que estaban en la zona le dijeron a este cronista que escucharon más estampidos y presumen que el auto en fuga volvió a ser baleado desde el patrullero. ¿Hace falta decir que si se quiere impedir el robo de un auto lo lógico es dispararle a los neumáticos? La acción policial parece sólo dirigida a matar al ladrón.
MOSTRAR/OCULTAR
La policía tapó el auto baleado con cartón corrugado, bolsas de plástico y, poco después, rodeándolo con vallas. Un fotógrafo de La Nación sacó desde la altura de un edificio una excelente serie de fotos que permiten apreciar la insólita maniobra. En estas circunstancias, apareció adentro del auto un revólver calibre 22. Lo que en la jerga policial se conoce como ?perro?. Esta muerte guarda analogías con la producida el pasado 17 de febrero a las 19.37 en las escaleras de bajada al subte de Callao y Corrientes. En aquella ocasión fue un policía de civil el que le pegó tres balazos en la espalda a un ratero que huía. En ambos casos, parte de las acciones fueron grabadas y televisadas y, a pesar de ello, no se informó de los nombres de las víctimas ni de los victimarios.