Sabina aclara la garganta
El cantautor español Joaquín Sabina, estacionado en un glamoroso hotel de la zona de Puerto Madero, espera con cierta ansiedad los dos conciertos que dará en la cancha de Boca Juniors el próximo fin de semana. Las entradas están agotadas desde hace ya más de un mes.
Pero no es ninguna pose: el español no vive la "fiebre Sabina" que se ha desatado en estas playas como nada muy especial: esa misma "fiebre" estalla cuando llegan a Buenos Aires Robbie Williams, Ricardo Arjona, Ricky Martin y Christian Castro.
El autor de "19 días y 500 noches", entretanto, cuida su garganta y evita salir del 'señorial' Faena, porque ahí tiene todo lo que necesita: cama, mujer, mojitos, whisky, tequila, cigarrillos y si su chica se distrae, hasta gatos de diverso pelaje y costumbres.
Sabina dice no entender -y mucho menos merecer- tantas muestras de cariño, pero no ignora que desde que sufrió aquel pequeño incidente cerebrovascular y por su bien abandonó la bohème madrileña, esas muestras se han multiplicado, exactamente como pasa con las personas que merecen (y piden) perdón por haber vivido tanta "vida loca".
El domingo pasado, un matitino porteño contó que el músico toma sol, usa anteojos oscuros, va de botas, duerme la siesta, ensaya, recibe alguna visita (nada de dealers), escucha música, abomina de su antigua amisted con Fito Páez y extraña las rondas nocturnas en busca de peringundines y cabarutes: su diversión hoy se reduce al grueso tomo de las obras en colaboración de Bioy Casares con Borges e ir de shopping.
Sabina acusa 58 y más 30 de caravana. El sombrero lo protege del sol y de los papparazzi, el licor mexicano le recuerda el exilio de Buñuel y a Chavela Vargas, pero las jeremiadas del pasado son ese fantasma que no puede conjurarse ni con chicas de alquiler ni con mujer legal en la patria donde Charly García vive solo pero no tiene rutina ni escrúpulos.