El monstruo enamorado del monstruo
Apenas hubo señales de que la novela tradicional estaba muerta y enterrada, cuando entró en el escenario -hace ya unos años- un francés que aseguraba que la muerta estaba viva y saludable.
Michel Houellebecq utilizó un conjuro poderoso para la resurrección. Según el inglés John Banville, "formalmente, sus novelas son sencillas a más no poder y de facilísima lectura; habrían alcanzado cifras gigantescas de préstamo en una biblioteca victoriana, después de que la labor de edición hubiera suprimido unos pocos pasajes. Nos hablan de gente 'corriente' que vive una vida 'corriente'. Bien es verdad que son unas vidas de ruidosa desesperación, desbaratadas por la psicosis, presas todas ellas del aburrimiento y la acedia, y saturadas de pies a cabeza de sexo, pero ¿hay algo que pueda ser más corriente?".
Buena pregunta, que no merece una sola respuesta. Puede que sí, puede que no, pero lo que es seguro es que el autor de "Plataforma" dio por tierra con ese caprichoso proyecto funerario que visita a los occidentales periódicamente, al menos desde 1922, cuando James Joyce publicó el "Ulises".
El tono de Houellebecq oscila entre el hastío, la amargura y la denuncia antes que destemplada, irónica; en su obra, al igual que en Samuel Beckett, la voz del narrador parece enfurecida por haber empezado a hablar y, habiendo empezado, por verse obligada a seguirl. El francés, más tétrico que Beckett (la opinión es de Banville), jamás se permitiría raptos líricos.
Ahora, la editorial Anagrama acaba de publicar uno de sus primeros libros, esos que las editoriales ignoraban pero que ya descubrían la imaginería que después las iba a fascinar: un ensayo breve, extraño, sobre Howard Philips Lovecraft, el 'monstruo' de Providencia, Rhode Island.
"Hay algo en (su) obra que no es verdaderamente literario", escribe Houellebecq, el ermitaño de Bere, Irlanda, en el que muchos creen ver a otro 'monstruo'.
El New York Times juzgó "Las partículas elementales" como "una lectura profundamente repugnante"; el Sunday Times de Londres, como "pretenciosa, banal, mal escrita y aburrida"; y el Times, también británico, dijo que como "novelista de ideas", Houellebecq estaba a nivel de Benny Hill. Hay que reconocer el hallazgo.
Houellebecq, cuyo nombre auténtico es Michel Thomas, nació en la isla francesa de La Reunión, en el océano Índico, en 1958. Su padre era guía de montaña; su madre, anestesista. Parece que como padres dejaron algo que desear. Cuando el futuro escritor era todavía un niño, su madre abandonó a su padre por otro hombre, un musulmán, y se convirtió al Islam. A los seis años, papá aprovechó y también rajó. Michel quedó al cuidado de su abuela, cuyo apellido adoptó cuando empezó a publicar. La abuela Houellebecq era estalinista, y lo bien que hacía: le dio a su nieto la excusa perfecta para vapulear la estupidez de la crítica de izquierda en toda la línea.
En Francia, estudió agronomía, pero acabó empleado como administrador en el departamento informático de la Asamblea Nacional Francesa. Sufrió una depresión y pasó un tiempo en un psiquiátrico. Se casó, se divorció y volvió a casarse. En 1999 se mudó con su nueva esposa a Irlanda y se estableció en Bere.
El manifiesto que acompaña su panegírico sobre Lovecraft -"Contra el mundo, contra la vida"-, es una muestra de su ideario: un tipo que quiere que no lo molesten, que detesta a los fundamentalistas, a los libertarios; que prefiere el Prozac a la cocaína, y el murmullo del mar a la vocinglería urbanita.