Todo el color de un acto popular
Tal vez la presidenta Cristina Fernández de Kirchner haya dicho que el acto no pertenecía ni a una ideología ni a un partido específico, pero el recuerdo de los días en que Perón salía al balcón a saludar se hizo presente en la Plaza de Mayo, donde el ejército de bombos, banderas, carteles y papeles desfiló en toda su magnitud.
Durante las horas en que duró la espera por el discurso de la mandataria, un sub mundo se abrió dentro de la Plaza de Mayo que más recordaba el interior de un estadio de fútbol o la preparación para un recital de rock; o las dos cosas al mismo tiempo. Heladeritas con comida y helados, pastelitos, bizcochos, garrapiñada, sándwiches, bebidas de todos los gustos, ¡hasta chorizos! No faltaron ni los cocacoleros. Algunas madres ingeniosas inclusive transportaron las cajas de alimentos utilizando los carritos de sus niños como changuitos de supermercado. ¿Y los nenes? Encantados.
La multitud heterogénea se apelotonó en cada rincón posible de la plaza. La cima de algún árbol o la de una parada de colectivo fueron lugares obligados para más de un curioso que no se conformó con ver solamente el dorso de las grandes banderas. Mientras las familias y los grupos menos exaltados buscaron la comodidad del centro de la plaza, donde el discurso podía oírse más claramente, las agrupaciones más activas coparon el frente y los costados.
Aquí, los grandes protagonistas fueron los muchachos de Moyano, en números muy superiores al resto, tanto en voces como en energía. Con muy buenos números también, pero quedándose más atrás, estaba el SUTERH. Otros que no se quedaron atrás fueron La Uocra, los mecánicos y, en menor medida, los plásticos.
Las consignas tocaron todos los tonos y colores, desde el que llevaba un cartel rezando "No hay peor fascista que un burgués codicioso" a la voz que clamaba por "convivencia y diálogo" había una diferencia abismal. Sin embargo, la idea de la fiesta no se preocupa por tales contradicciones, todo es bienvenidos siempre que siga una misma idea final.
El alcohol también dijo presente. Entre más uno se adentraba al corazón de los bombos, más caminaba sobre cajas rotas de vino Tetrabric, botellas de cerveza o simples envases de plástico cuyo misterioso contenido ya se había agotado. Las gargantas exaltadas y las miradas eufóricas de varios de los presentes daban una idea de donde había ido a parar. La marihuana no quiso quedarse atrás, y apareció pintada en gorros y remeras, además de en el interior de algún cigarrillo más que dudoso.
Al iniciar el Himno Nacional las voces se fueron apagando, incluso los bombos no alcanzaron a tapar sus estrofas que coreó a viva voz gran parte de la gente. Muchos lo acompañaron con los dedos en V, como una niña de pocos años que, acaballada sobre los hombros de su padre, posaba para la foto que mamá le quería sacar.
Habló Cristina y las actitudes fueron diversas. La mayoría optó por escuchar calladamente, mientras los gremialistas sacaban chispas a los bombos y la voz de la presidenta agradecía desde los parlantes el apoyo. Otros pocos, menos interesados, seguían en lo suyo como si el que alguien hubiera comenzado a hablar fuese solo una incomodidad para la fiesta que se estaba viviendo.
Calló Cristina y esta vez la multitud fue una sola: todos aplaudieron. Bueno, casi todos. Para retirarse la presidenta se tomó su tiempo, se acercó a los camioneros para saludarlos personalmente y ellos, agradecidos, la obsequiaron con una gorra verde entre risas y abrazos. La salida fue similar a la de una actriz hollywoodense: multitudes se apelotonaron sobre la reja de la Casa Rosada para lograr aunque fuere un saludo o una sonrisa de la estrella. Una vez que todo hubo terminado, con las banderas bajas, los bombos ya casi todos callados (excepto por un grupo de jóvenes que aprovecharon para hacer escuela con los parches) y un cielo amenazante, la multitud se dispersó.