Cómo evadir impuestos en la era global
Massimo Gaggi (subdirector del Corriere della Sera) y Edoardo Narduzzi acaban de publicar un ensayo que no repite pero que insiste sobre una cuestión que también puso sobre el tapete estos meses el demógrafo norteamericano Joel Kotkin: la inminente desaparición de la clase media (obvio: en los países en los que hay o hubo algo parecido a eso).
En "El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo costo", los muchachos -aparentes agentes del emporio Berlusconi- logran filtrar cierto lugar común como si fuera una novedad.
La cosa sería así: el fin de las expectativas económicas crecientes, de la seguridad laboral y el impacto de las nuevas tecnologías en el contexto de la globalización, empieza a empujar a las clases medias occidentales a una proletarización que nadie calculó, y para la que pocos o ninguno está preparado. Hasta acá, ninguna novedad. La novedad estriba en que la tecnología, el mercado y las deslocalizaciones están produciendo una polarización de la riqueza que instaló en lo más alto a una aristocracia del saber (técnico) que acumula más saber y dinero, y en lo bajo, sin colchón en el medio, nada: o lo que bautizan "clase de masa", el personal subido a la montaña rusa de los tipos de cambio y puestos de trabajo móviles.
Así, los estados 'democráticos' no hacen más que ajustar cuentas, recaudar menos (porque hay menos ingresos), y tratar de atender a las desigualdades en un horizonte de seguridad económica crepuscular.
La solución de los 'ragazzi' es pragmatismo puro y duro: ya que se vive en un mercado abaratado (los empleos cada vez cuestan menos), se trata de conseguir un Estado igualmente barato -que se ocupe de lo mínimo indispensable- y se ocupe con una eficiencia también barata de atender las necesidades que antes, cuando sobraba el dinero, se ocupaba el estado de bienestar.
Este es un modelo, una tendencia que gana adeptos traficando 'buena conciencia': es el último grito de la moda USA; es decir, vividores de rentas 'high tech' ocupados de cultivar su costado filantrópico (Bill, Melinda Gates), previo pago de políticos que aseguran tranquilidad, encargados de las antiguas competencias estatales a través de fundaciones y donaciones, y con el fisco bien lejos.
Pero ojo al piojo, dicen nuestros teóricos: o se hace algo o un día de estos, en lugar de socialdemócratas, republicanos, o liberales trajeados en Milán, los votos terminarán alimentando a Umberto Bossi, Jean-Marie Le Pen o al eléctrico Luis Abelardo Patti, si es que ya no cayó de una buena vez en desgracia.
Si en un tiempo se habló de "socialismo con rostro humano", ahora suena viejo el sonsonete de la "tercera vía", que es el verdadero nombre de este "neohumanismo" de mesa de oferta.