El cemento para construir el futuro
El viernes último, en medio de una fuerte tormenta que, para agravar las cosas, llevaba varios días azotando a la Ciudad, hubo dos derrumbes de distinta magnitud. Paradójicamente, el menor de ellos se llevó una vida, en tanto que el derrumbe de mayor volumen, que dejó un pozo gigantesco en Sinclair 3056, entre Cerviño y Demaría, no produjo ninguna víctima.
Los derrumbes siguen siendo un dolor de cabeza para el ministro de Desarrollo Urbano, Daniel Chain, que hasta el momento eligió el silencio frente a los 24 colapsos que se produjeron entre enero de 2009 y el viernes pasado, aunque no todos ?como el de Beara? tuvieran que ver con su área. De todos modos, los 12 muertos y los 66 heridos, a algunos de los cuales el Estado debió indemnizar con sumas millonarias, hubieran merecido al menos una explicación.
El impacto social que generaron las caídas tiene que ver con las circunstancias en las que se produjeron. La mayoría de ellas ?el 60 por ciento? se produjeron en la etapa de las excavaciones y demoliciones; el 25 por ciento ocurrieron durante la erección de las estructuras de hormigón; el 10 por ciento en la etapa de albañilería, y, finalmente, el 5 por ciento en el período denominado ?cisne negro?, en el que casi nunca, según los especialistas, se puede prevenir un siniestro.
Es posible ver, asomando apenas entre los fríos números de las estadísticas, que en cada uno de los pasos descriptos en el párrafo anterior está en cuestión el papel de control que debe asumir el Estado. Tanto en la etapa de las excavaciones como en las del hormigonado y la albañilería es posible prever los problemas si se cumple con las normas de submuración y apuntalamiento, y en esto no hay secretos. Si algo se cae, es porque el Estado no estuvo.
De todos modos, más allá de los reclamos de los deudos de las víctimas, que serán tramitados en la Justicia, lo más importante es que los colapsos dejen de ocurrir. Es imprescindible revisar los protocolos de control, para lo que se debería convocar a los especialistas en construcciones y en urbanismo y a las organizaciones sociales barriales, que a menudo han denunciado irregularidades, casi siempre sin ser escuchadas.
En el seno del Estado se deben pensar las políticas para que duren más allá de un mandato. Las Políticas de Estado ?así, con mayúsculas? son las que llevan adelante los que deben administrarlo, sin importar el color político. Porque los que ganan una elección dejan de vestir un solo color político para ser los portavoces de toda una sociedad.
Las políticas pensadas para que duren muchos años son las que permiten que el Estado resuelva los conflictos sociales. El Estado debe construir y financiar viviendas. Debe mantener las instalaciones públicas. Debe atender las necesidades de los que menos tienen. Debe sostener los sistemas de salud y de educación. Debe administrar el dinero público. Pero, en especial, debe proteger los intereses de los particulares frente a la voracidad de los inversores.
Porque, en esta batalla desigual, siempre debe laudar el Estado a favor de los ciudadanos comunes, en especial cuando están involucrados los empresarios que se saltean las normas.
Repensar la Ciudad implica la participación democrática de todos los actores sociales, sin exclusiones. Incluso, debe ser el Estado el que los convoque para que den su parecer. De no ser así, el impacto del desprestigio golpea directamente a los funcionarios estatales que, sean quienes sean, serán víctimas luego del descreimiento y el pesimismo de los mismos que los votaron. Incluso arrastra por el andarivel del descrédito a los protagonistas de la actividad privada, que será mirada siempre con sospecha, aunque cumpla con las normas a rajatabla.
Es necesario abandonar la ?estrategia del búnker?, en la que las oficinas de los funcionarios se convierten en refugios hasta los que jamás llegarán los ruidos de la calle ni las palabras de la gente.
Repensar es replantear. Es cuestionarse. Es escuchar a los demás. Es escucharse también a uno mismo. Las palabras de los ciudadanos rasos, de los hombres y mujeres de a pie, los que todos los días hacen el país, son las que construyen el futuro, porque con ese cemento se construirá un destino colectivo que jamás caerá.