Publicado: 03/10/2008 UTC General Por: Redacción NU

La difícil convivencia de Macri y la densidad política

Por Fernando Riva Zucchelli
La difícil convivencia de Macri y la densidad política
Redacción NU
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Mucho se ha hablado de la falta de densidad política del PRO, más precisamente en referencia a la cantidad de funcionarios y legisladores que llegaron a ocupar sus cargos o bancas sin experiencia en el manejo de la cosa pública, muchos habiendo desarrollado su carrera siempre en la vereda de enfrente a la del Estado.

También son comunes las críticas a los gerentes que abordaron los ministerios o las segundas líneas, personas que deberían hacer más ejecutivas las respuestas y propuestas pero tienen el no en el filo de la lengua que impide el avance, aunque seriamente, los paralice el temor reverencial al jefe máximo de la estructura, el bueno de Mauricio Macri.

Un tercer renglón para endosar lentitud a la actual gestión, es lo que algunos sectores tildan de ineficiencia y quienes se preguntan dónde están los equipos que tenían preparados hace cuatro años, burlándose de los juniors PRO que tardan más de lo habitual, sin baqueanos, para descifrar una botonera complicada.

La cuestión es que tras los conflictos con los trabajadores contratados, la intervención de la Obra Social municipal, las idas y venidas en los planes de tránsito, multas, foto multas, grúas, compras centralizadas y decisiones parecidas en casi todas las áreas, la gente que lo votó mantiene la esperanza de que algo cambie. Es que Macri, a pesar del microclima político conflictivo, todavía sale indemne y su gestión no tan mal en las mediciones. Es por eso que hizo público que sus miserias son a veces generadas (y otras agravadas) por una pésima decisión del gobierno nacional, que luego reflexiona, cuando llegan los comicios: los porteños no saben votar. Pero Macri aún posee la capacidad de marcar la cancha en el distrito. Para muestra de esa terquedad, el martes pasado la Legislatura sancionó con fuerza de ley la creación de la Policía porteña, un hito que marcará un antes y un después en la construcción de la autonomía, más allá de cómo termine esta aventura política emprendida en nombre de la coherencia con lo prometido en la campaña electoral.

La seguridad no fue un tema más en la campaña electoral en la cual Mauricio y Gabriela arrasaron a sus rivales, que concurrieron a segunda vuelta sólo para dirimir el duelo entre el hoy desdibujado Alberto Fernández y el ex jefe porteño Jorge Telerman. En realidad, el tema era la falta de seguridad, algo que aparece y desaparece de los medios pero nunca de la calle y que se extiende cada vez más, hasta los barrios residenciales y/o privados donde la gente adinerada huyó a su búsqueda. Daniel Filmus había prometido el traspaso de la Federal, pero su palabra no vale dos pesos en el universo K y allí quedaba todo. Pero contra el mundo, hay ley de Policía.

El sesenta por ciento de los porteños votó en 2007 por el cambio luego de que pasaran gobiernos de todos los colores, aunque no hay duda que los que terminaron de hundir la credibilidad de la política fueron los progresistas. Parece faltar bastante para que se conforme el coro que siempre aparece cuando declina un gobierno al grito de yo no lo voté. Pero sí lo votaron seis de cada diez. Y con un agravante para todos aquellos que emitieron su voto de manera vergonzante. Macri es uno de esos tipos que todo el mundo conoce, que está arriba del 98 por ciento de conocimiento, ya sea por Boca Juniors, por la fortuna que hizo su padre, Franco, y por los seis años que lleva desde que ingresó a la política activa.

Los que votaron a Macri no se confundían. Los progresistas que lo demonizaron en 2003 con éxito y en 2007 sin él, no lo votaron porque nadie vota un demonio, salvo los cuatro vivos que inventaron esa denominación política para el ingeniero y fueron los primeros en sentarse a arreglar. Los destituidos encabezados por el propio Aníbal Ibarra lo único que quieren es revancha: harán lo imposible para tenerla aunque pareciera quedar más retórica que balas en el cargador. Por supuesto, ninguno lo votó.

Nadie en sus cabales confunde a Macri con un socialista. Quienes no lo votaron desde el centro o la derecha, lo votaron quizá pensando que podría reponer en el Gobierno un sentido común perdido e intentar un cambio de política. Por esos tiempos, la Ciudad ya se había tornado cada vez más insoportable para vivir. Además de tener que trabajar diez o doce horas, viajar entre dos y cuatro, la única suerte era llegar sano y salvo a casa. Lo que está claro es que la gente que votó a Macri tenía una idea de lo que podía hacer Macri y eso, más o menos, lo está haciendo. Y es por eso que la queja es ideológica. La mayoría resiste en las encuestas.
Es por eso que también queda la duda del principio. ¿Falta densidad política o es otra forma de hacer política? Es una forma que no mide tanto los costos, como en la política tradicional, porque el hombre los absorbe ante la mirada incrédula de la oposición y de algunos propios, pero que sigue trabajando desde sus convicciones, en una gestión planificada que sólo retrocede ante realidades irrefutables o costos impagables. Es otra cosa. ¿Será política? Nada más lejos de asegurar que esto sea una panacea pero quizá -a partir de este gobierno- se abra un debate: hacia dónde debe mutar la política como vía excluyente al desarrollo. No todo lo nuevo es bueno, como no es malo todo lo anterior. Pero eso era política y esto no, o estamos asistiendo a la lenta parición de otra forma de hacer política.

El veredicto lo tendrán los porteños cuando puedan evaluar un trecho más largo de gestión: si se deciden a profundizar el cambio del 2007, si generan nuevas alternativas, si conviven ambos modelos o más directo, si deciden poner marcha atrás y volver a la política tradicional, la de la hipócrita progresía.
Dios quiera que si así fuera, al menos sea con otros actores.

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