Publicado: 20/02/2008 UTC General Por: Redacción NU

El desafío de resurgir de las cenizas

Hace un año se incendiaba el asentamiento ubicado bajo la autopista 7, conocido como Villa “El Cartón”. Sus antiguos habitantes hoy se debaten entre soluciones provisorias y la esperanza de una vivienda digna. Pasado y presente de quienes buscan un futuro.
El desafío de resurgir de las cenizas
Redacción NU
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El jueves 8 de febrero del año pasado, hace exactamente un año, se incendió un barrio. El barrio donde vivían más de 450 familias, el asentamiento AU7 (conocido por sus habitantes como ?Bajo autopista? o ?Bajo el puente?, y rebautizado mediáticamente como ?Villa El Cartón?), bajo la autopista 7 de Villa Soldati.

El barrio era un asentamiento construido por familias que -secretamente- fueron haciendo su ingreso desde el conurbano bonaerense, desde el interior, desde países limítrofes, a uno de los más populares y humildes barrios porteños, en busca de una casa, del amparo de un sistema de salud, de educación, de algo que no es más que la constante lucha social por el derecho a la ciudad.

Estos vecinos, cuya tradición de organización y reclamo se había cotejado en una importante estrategia ofensiva que incluía legisladores ocasionales, punteros, organizaciones de base (de izquierda), cooperativas de vivienda, iglesias evangélicas, etcétera, conformaban, en esa diversidad silvestre, una organización cuyo eje lo constituía un cuerpo de delegadas por manzana. Uno podría parafrasear una no tan feliz consigna histórica: si los hechos son machos, las luchas son hembras. Las delegadas de las manzanas, rodeadas de -especialmente- otras activas vecinas, conformaban un equipo blindado por algunas formas de intransigencia. Había un comedor principal (?Las gemelas?), sostenido por la Corriente Clasista y Combativa (CCC), que hacía de centralizador del reparto de cajas, planes y ayudas que -sucesivamente- llegaban al barrio, el cual no tenía reconocimiento urbano. Lo que es igual a déficit en todos los servicios esenciales.

Rápidamente los hechos se sucedieron en secuencias cuyos primeros resultados, y cuyas primeras informaciones, esgrimían un reflejo que los oyentes de radio expresaron brutalmente: los vecinos de la villa la quemaron a propósito para que les den mejores casas. Dos días después, con la certeza de las pericias realizadas por los bomberos, el entonces ministro de Gobierno, Diego Gorgal, dictaba: ?Todo apunta a que hubo intencionalidad?. Sin esperar esta evidencia empírica, en las principales radios que paladean en sus tardes los porteños, a minutos del incendio, se hacían eco de esta versión: la quemaron a propósito.

(Apunto: hay gente de bien que vive atravesada por la idea y el horror de que existe un sistema de ventajas y atajos de ?los pobres?, y que ese sistema escapa a otras ?reglas del juego? (¿las ?del mercado??). Así, aparece decodificado por cierta sensibilidad: no importan tanto los hechos como las consecuencias positivas que éstos arrastran, para tener la certeza de una ventaja, de una conspiración. Pero el miedo que se pone en escena, quizás, se monta en la percepción de que acaso ese ?sistema de ventajas? contiene -fatalmente- los mismos mecanismos y pulsiones que las otras reglas del juego en donde, pongamos, uno accede a una buena casa tras el honroso otorgamiento de un crédito hipotecario. Finalmente, parecen temer: ay de la picardía de los pobres el día que ?entren? al mercado.)

Leña del árbol caído (o el árbol caído que tapa el bosque)

La idea de que existió una ?intencionalidad? en el incendio ofrece el supuesto de que más de 400 familias lo idearon, lo planificaron, lo ejecutaron. Hay derecho a pensar que quienes hubieran salvado sus bienes (heladeras, televisores, caballos, perros y gatos, etcétera) y quedaron como testigos de lo que el fuego hace, practicaban un tan alto nivel de organización que -de haber existido- hubiese ahorrado unos cuantos años de lucha por la vivienda digna.

Es cierto, el barrio sí estaba organizado y atravesado (como territorio) por internas que eran -paradoja existencial- externas al drama cotidiano del mismo barrio, y que pudieron permitir que se colara el hecho para provocar consecuencias políticas. Qué duda cabe. Pero pareció tratarse más bien del efecto concreto de desviar el eje, en el incipiente clima de campaña, sobre la aplicación de una ley de expropiación de un terreno (Av. Varela y Av. Fernández de la Cruz) que ya había sido votada.

Tras el fuego, y el provisorio acampar de las familias en la plaza frente a las cenizas, se sucedió la reacción de la gente de un barrio (de clase media) que asumía activamente su derecho a escoger qué tipo de vecinos deben habitar junto a ellos. Recordemos la reacción ?cacerolera?: eran los vecinos a los que les tocaba la posibilidad de que en su barrio las familias del reciente asentamiento incendiado habitasen viviendas definitivas en las que (desde la mismísima Legislatura de la Ciudad) se venía trabajando. (El entonces legislador Tomás Devoto había presentado un proyecto de ley, el 1987/06, que tuvo aprobación en junio del 2006, donde estipulaba la construcción de viviendas para los vecinos del barrio bajo la autopista 7.)

Podría haber existido una intencionalidad pequeña, premeditada, para lograr un ?efecto menor?, pero al que el ?efecto hornífero? concreto del barrio (una autopista arriba, el muro del Parque de la Ciudad en otro de sus laterales) convirtió en pesadilla. La sospecha recayó, naturalmente, sobre algunos referentes y punteros de la zona. El barrio -objetivamente- se estaba convirtiendo en una montaña de pólvora a la que cualquier chispa podía encender, es decir, los piromaníacos de turno tenían en AU 7 una montaña de pólvora seca. Sufría, desde fines del año 2006, la interrupción del suministro de agua que llegaba al barrio ?por cortesía? del Parque de la Ciudad, pero los esfuerzos por reinaugurar el parque condicionaron silenciosamente ese suministro. Resultado de ese verano: durante el día no había agua.

Para comprender el clima que envolvió a los sucesos, vamos a transcribir el primer párrafo de una crónica periodística publicada en el diario Perfil el domingo 4 de marzo de 2007: Primero salieron los chicos, luego los caballos, después los carros y al final las heladeras y los televisores. Ése habría sido el orden previsto, antes de que empezaran las llamas, para que el incendio de la villa El Cartón, debajo de la Autopista 7, no hubiera provocado muertos ni heridos graves. Tampoco se perdieran electrodomésticos. Extrañamente. (...)
Es decir, ¿tenemos acá la evidencia de una fría mecánica? Un dato recogido a minutos de ocurrido el incendio, por quien escribe ahora, da cuenta de algo más elocuente que la conspiración en marcha: el primer camión de bomberos llegó al asentamiento cerca de las 8 y media con un detalle curioso, no tenía agua. Las pérdidas materiales concretas (carros, heladeras, televisores, garrafas, etcétera) fueron enormes, incontables. Había que oír cada tanto la explosión de una garrafa, o ver el sensato cerco policial que impedía que los vecinos regresaran a cumplir ?el macabro plan? de salvar sus bienes, luego de la ?inmoralidad? de salvar sus vidas y, uf, las de sus animales.

Llamativamente sí, lo que los primeros días los vecinos damnificados relataron, fue la existencia de amenazas de incendio que sufrían de parte de los vecinos identificados como del barrio de monoblocks ubicado al lado de la autopista. La no existencia de muertos apunta al reconocimiento de un enigma: lo que podría haber sido el Cromañón de Telerman pronto se resignificó en una operación inversa. Con los pobres no se jode, afirmó, no se sabe en qué dirección, la ministra de Derechos Humanos y Sociales, Gabriela Cerruti.

Esa mujer

Norma Franco es el nombre de la mujer fallecida en los últimos días de febrero, durante una feroz tormenta, en el ?campamento ? organizado para albergar a las cientos de familias que sufrieron el incendio. Tenía 26 años, y su beba de 6 meses permaneció internada luego de que en el accidente donde falleció su madre, rodara 40 metros envuelta en una frazada, mientras huían de la voladura de las carpas hacia uno de los vestuarios del Parque Roca. A la madre la mató el golpe de un caño suelto de una de las carpas. Norma era una vecina más, que el 13 de febrero aceptó ?mudarse? a la precaria instalación de carpas en Parque Roca, a instancias del compromiso de construir las viviendas definitivas. El entonces ministro de Planeamiento y Obras Públicas, Juan Pablo Schiavi, afirmaba: ?Esta noche tenemos una reunión con los vecinos de Soldati para limar asperezas que hubo los primeros días, para empezar efectivamente la obra?. ?Aceptamos trasladarnos con las carpas, ahora mismo, al Parque Roca?, respondía la exhausta delegada del barrio, Miriam Aquino.

Lo provisorio es definitivo. Lo definitivo, una utopía.

Otra mujer, el presente y la esperanza

Mabel es la coordinadora del actual comedor ?La Misión?. Vivió en la AU 7 desde siempre, desde su gestación, y hoy es una de las caras más fuertes de la organización del barrio, desde el comedor. El mismo recibe ayuda de todo tipo y de todos lados, aunque centralmente, desde el Gobierno de la Ciudad. A ese comedor asisten durante el día más de 300 personas, por la noche la cifra asciende a 400.

Mabel aprendió a hacer política junto al MTR, uno de los movimientos sociales dentro del archipiélago de fuerzas de izquierda. Ahí conoció las dos claves maestras: la lucha y la negociación (el acuerdo). Y no es que haya ido a la escuela de cuadros Augusto Timoteo Vandor. Se trata de la experiencia acumulada en el barrio, en los cortes de calle, los cortes de vías, en la espera para que los atienda un funcionario, en la visita a legisladores, en la atención al periodismo. Una larga metodología aprendida para manejar, incluso, niveles en el discurso político. Mabel sabe cómo hablar por izquierda, desde el evangelismo o desde el kirchnerismo.

Hoy, la dirigente forma parte ?del proyecto de Madres?, de la asociación Madres de Plaza de Mayo, que a través del Plan Federal de Viviendas, se encarga de la construcción de 244 unidades habitacionales, cuya prioridad son las familias del Parque Roca. La obra se sitúa en Castañares y General Paz, cerca del humilde barrio INTA. Mabel sabe que la lucha no terminó, no es ajena a las asperezas políticas entre ese proyecto y la nueva gestión de gobierno del ingeniero Macri. El combo es una trilogía política: porque al proyecto de ?las Madres?, y a la instancia institucional del Gobierno de la Ciudad, se suman también las ?aventuras? del juez Roberto Gallardo. A cuyo ejercicio de permanente ?jaque judicial? se amparan no pocas esperanzas. Mabel sueña con su casa definitiva y con el cierre del comedor, por la simple razón de que éste ya no haga falta. Ese triángulo político (no amoroso, aunque tampoco exento de pasión) es la punta de la madeja que envuelve la vida de esta pequeña comunidad, tan vulnerable. Ahora que está de moda hablar de ?cuadros políticos?, verla ejercer el equilibrio entre la persuasión y la advertencia, puede ayudar a esbozar una simple y llana teoría del cuadro: dícese de aquel que asume los problemas de su comunidad, los encarna, los respira y los siente, como a su propia vida.

El barrio sufre problemas de infraestructura, los que provocaron el reciente incendio de una de sus casas, por la sobrecarga del cable general. Se corta el agua, persiste un precario medio de comunicación para trasladarse desde el fondo del Parque para llegar -como mínimo- a la avenida Roca (gracias a un colectivo que pasa dos veces por día) y los dos comedores (?Las gemelas? y ?La misión?) atienden la necesidad alimentaria básica, muchas veces, haciendo magia para que todo alcance. Pero la historia de este barrio, que, como se trata de una comunidad, es el mismo que se incendió, es una historia que no termina. Tiene en la gestión de Macri un nuevo capítulo que está por escribirse, con resultados inciertos.

Como decía el General (cuyos restos nunca descansarán en paz): sólo la organización vence al tiempo.

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