“La Argentina nunca tuvo una política cultural”
Desde 1987, la periodista Cristina Mucci conduce el programa Los siete locos, dedicado a la difusión del libro y la cultura. Desde entonces, semana a semana, se encarga de diseccionar, en su diván periodístico, a intelectuales y escritores argentinos. Precisamente, en su último libro, y con la excusa de indagar sobre la figura de Leopoldo Lugones, Mucci se mete de lleno en una relación poco explorada: la de los intelectuales y el poder. Una relación, conflictiva si las hay, hoy reavivada con el surgimiento de grupos de intelectuales a favor y en contra de un Gobierno acostumbrado a instalar debates políticos en la sociedad.
¿Es bueno o malo que un intelectual se involucre en el poder? Y si fuera sí, ¿a qué distancia debería mantenerse? ¿Qué lugar tienen hoy los intelectuales en la Argentina?
En 2000, Mucci publicó una biografía de la escritora Marta Lynch (La señora Lynch), cuyo zigzag ideológico, similar al de Lugones, pasó de la Revolución Cubana al apoyo de la dictadura. La vida de Marta Lynch también terminó como la del poeta: con un tiro en la cabeza, después de haber sido rechazada por el alfonsinismo gobernante por colaboracionista de los represores.
?¿Por qué eligió a Lugones para relatar la relación entre los intelectuales y el poder político?
?De Lugones me atraía lo mismo que de Marta Lynch: un hombre que empieza siendo anarquista, luego socialista y termina proclamando la hora de la espada, convirtiéndose en el ideólogo del golpe del 30 y, por extensión, de los que vinieron. Es decir, crea al Ejército como actor político. Igual que Marta Lynch, Lugones termina suicidándose y marginado del poder al que tanto había buscado acercase. Pero mientras más investigaba sobre Lugones y la historia trágica de su familia, más me aparecían escenas de escritores e intelectuales en distintos momentos de la historia y su relación con el poder.
?Es muy fuerte el relato que hace de Borges y Sabato almorzando con Videla.
?Sí, eso fue algo tremendo que, en el caso de Borges, los intelectuales no le perdonaron durante mucho tiempo. Aunque hoy incluso la izquierda valora a Borges más allá de sus terribles errores políticos. A diferencia de lo que ocurría unas décadas atrás, hoy a nadie se le ocurriría desacreditar la literatura de Borges por aquel encuentro, del cual él más tarde se arrepintió. En realidad, y a diferencia de Lugones, Borges opinaba sobre política porque los periodistas lo buscaban para que opine de todo, pero no le interesaba en absoluto.
?En la Argentina hay mucha producción académica valiosa y, sin embargo, no parece tener conexión con la política, ¿por qué?
?Porque la Argentina, históricamente, le ha dado la espalda a sus intelectuales. Con el suicidio de Lugones se agotó un modo de ser del escritor argentino, aquel que desde los próceres de Mayo unían la literatura con la política. El país cultivó desde sus orígenes elites intelectuales destinadas a la organización del Estado. La generación del 37, por ejemplo, no sólo sentó las bases de la República sino que sus protagonistas también fueron los autores de las primeras obras clásicas de la literatura argentina. En aquel origen se dio la situación única y excepcional de que nuestros estadistas fueran hombres de letras y los fundadores de nuestra literatura fueran estadistas. Después, el rol de los escritores se iba a tornar más modesto. Y confuso. Más adelante, durante el gobierno de Frondizi, muchos escritores se involucraron en su proyecto. Y, dicho sea de paso, el propio Frondizi, autor de Política y petróleo, fue el único intelectual argentino en llegar al gobierno. Aunque tal vez en esa lista habría que incluir, también, a Chacho Álvarez.
?Usted menciona varias veces la desconfianza que generaban o quizá generan los intelectuales en la sociedad, ¿cómo lo explica?
?Desconfianza y descalficación. Ya en democracia, Aldo Rico decía que la duda es la jactancia de los intelectuales? Y este año, en lo de Marcelo Tinelli, cuando hacía el programa con los políticos, un día insertó un bloque cultural. Aparecía entonces uno de sus cronistas en la puerta del Museo del Prado, y apenas sale un hombre, el enviado lo entrevista para ridicularizarlo. Así, mientras el entrevistado contaba sobre los cuadros de Goya y Velázquez que había visto, el entrevistador se metía el dedo en la nariz o en los genitales. Lo sometía a las burlas más obscenas en el programa de mayor rating de la Argentina. ¿Y qué quiere decir con esto? Que la cultura aburre y no sirve para nada: es decir, una idea que viene trabajándose en la sociedad desde hace mucho tiempo. La Argentina de los sesenta y setenta fue un país que valoraba a sus artistas, pero ese lugar se perdió. Y hoy hemos caído muy bajo.
?Los intelectuales también se atacan entre sí...
?Es que se comportan y se pelean como divos, aunque realmente, si nos fijamos en el ranking de ventas, los escritores argentinos, salvo excepciones, venden muy poco. Así que, divos podrán ser, pero hoy sólo de espacios reducidos.
?¿Perón también desconfiaba de los intelectuales?
?Sí, también. Con el peronismo llegaría, además, el eslogan ?Alpargatas, sí; libros, no?, la censura y las manifestaciones autoritarias.
?Sin embargo, había escritores que simpatizaban con Perón, como Leopoldo Marechal, Jauretche?
?Había otros, también: Fermín Chávez, María Granata, Julia Prilutzky Farny, José María Castiñeira de Dios, que fue subsecretario de Cultura. Para Jauretche y Homero Manzi, Perón es el continuador de las políticas de Yrigoyen, por eso deciden apoyarlo, pero después también son marginados. Igual que los demás.
?En la crisis de 2001, hubo más arte que nunca. Parece contradictorio con lo que venimos hablando?
?Sí, yo digo en el libro que en la Argentina hay más necesidad de hacer teatro que de verlo. En general, la gente tiene necesidad de hacer algo además de su trabajo: un taller literario, teatro, cerámica, mimo. Y esta necesidad de arte no es tan común en otros países.
?También tenemos eventos, como la Feria del Libro, que es muy convocante.
?Sí, los eventos o megaeventos son convocantes, pero la cultura no se agota en eso. La cultura también tiene un enorme potencial como constructora de ciudadanía y factor de inclusión social. Pero la realidad es que, para los políticos, nunca ha sido una prioridad. Y la verdad es que en la Argentina nunca se ha desarrollado una política cultural.