Ópera en el Teatro Avenida
Los viernes 11 y 18, a las 20.30, y los domingos 13 y 20 desde las 18.30 en el Teatro Avenida (Avenida de Mayo 1222) se exhibirá "Adriana Lecouvreur" de Francesco Ciléa.
El amor, el engaño y la ambición. El deseo y los celos, la venganza y la muerte convirtieron la vida de una de las más grandes actrices de la comedia francesa de principios del siglo XVIII en una historia que merecía ser contada no sólo en algún libro de historia del arte.
Scribe y Legouvé se encargaron de llevarla al teatro en 1849 y luego Francesco Ciléa la transformó, con libreto de Arturo Colautti, en una ópera de cuatro actos que en 1902 contó para su estreno con las voces de Angelica Pandolfini, Enrico Caruso y Giuseppe de Luca.
Si bien el libreto de Colautti respeta los trazos gruesos de la vida de Adriana, debe decirse que algunos pasajes refleja las modificaciones que Scribe y Legouvé le imprimieron al relato y aceptan cierto sentimentalismo que hizo que se adaptara perfectamente a lo que una ópera debía tener en la época de su composición.
Melodías que con matices se repiten obstinadamente y que caracterizan el temperamento de cada protagonista abren generosos espacios para los recitativos, que encuentran en el monólogo de Racine, que declama Adriana, su momento culminante.
El desafío que plantea el rol principal exige de su intérprete no sólo un correcto uso de la voz, sino una destreza actoral sin fisuras. Magda Olivero, María Caniglia, Renata Tebaldi, Montserrat Caballé, Mirella Freni y Renata Scotto fueron algunas de las figuras de la lírica que enfrentaron el reto.
Para Alejandro Atías, regisseur de la puesta que la Casa de la Opera estrenará en mayo en coincidencia con el festejo de su 10 aniversario, “no es un papel que pueda abordar cualquier cantante. En un rol como el de Adriana Lecouvreur es cuando la figura central debe sacar a relucir su calidad de diva”.
Dueña de una trayectoria que la paseó por los grandes escenarios del mundo, dónde se codeó con los mejores cantantes, la soprano Adelaida Negri agrega un nuevo título a su repertorio. “El monólogo de Rancine es uno de los fragmentos que más estimulan mi deseo por actuar el rol de Adriana”, confiesa.
El clima de backstage teatral, los preparativos antes de salir a escena, que inician el primer acto, abren la puerta a un mundo en el que la aristocracia francesa se muestra con sus luces y sombras. Adriana, Maurizio, conde de Sassonia, el asistente Michonnet, la princesa de Bouillon, tejen intrigas y estrategias para conseguir sus objetivos.
Adriana y la princesa compiten por un amor que no están dispuestas a resignar. El enfrentamiento marca para siempre sus destinos. Presa de la depresión, Adriana abandona su vida pública, a pesar de los intentos de sus compañeros para que no lo haga.
La aparición de su amado quiebra la decisión de la diva, pero ya es demasiado tarde. El veneno que la princesa le envió en un ramito de violetas secas hizo efecto. La alucinación la lleva a la actriz a un escenario imaginario en el que ya no es Adriana sino Melpómene, en cuya piel recita hasta morir.
Dentro de un concepto clásico, Alejandro Atías propone una puesta que basa su mayor poder de seducción en la interpretación, enmarcada en una escenografía que no compite por el protagonismo, al mismo tiempo que ofrece el clima más adecuado para el desarrollo de la trama.