Publicado: 28/10/2010 UTC General Por: Redacción NU

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Columna de Martín Rodríguez en el semanario NU de esta semana.
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¿Cómo es capaz de penetrar la idea de muerte en un político? ¿Cómo se fija en la mente de un animal político su propia finitud? Quiero decir: todos nos acostumbramos a un Kirchner que ni siquiera era capaz de leer la temperatura. Un Kirchner que hizo carne el descuido formal (con sus biromes Bic, sus sacos cruzados abiertos y sus mocasines ?ordinarios?), y que penetró en la gente frente al sentido común. Ahora ese gesto aparece como el descuido de algo más profundo. Alguien que no resistía quieto mientras le contaban el argumento de una película.

Cinco celulares sonando, una cinta magnética encendida Desde las 7 de la mañana y los monitores delante con todos los canales de noticias a la vez, con sus volúmenes altos.

¿Y el límite cardíaco era una llamada que venía de dónde para un cuerpo así? ¿Los políticos de la democracia son políticos que carecen de un pensamiento acerca de su muerte, que son incapaces de esa reflexión metafísica,
de mirarse como criaturas humanas fuera de la historia? ¿Cómo era estar solo, sedado, y respirar en una habitación blanca, para un político al que las 24 horas les resultan poco, que vivía en una especie de día antártico, sin noche, un mundo de total confusión entre lo privado y lo público, entre la luz y la sombra? ¿Cómo era oír por un momento el sonido de la campana del corazón real, muscular, ese pedazo de sangre que chivó y que quiso estallar alguna vez sobre su camisa? Y así lo hizo. La humanidad de Néstor Kirchner
dijo presente. Su cuerpo se auxilió como pudo, como él mismo lo dejó.

Para mucha gente ya era difícil representarse que Néstor Kirchner dormía. Que pasaba horas a solas con sus sueños, con su inconsciente, fuera de este mundo como lo están los que duermen. Nadie lo imaginaba levantarse e ir a la cocina a servirse un vaso de soda, en mitad sedienta de la noche. En los años de su proyecto el único límite fue su cuerpo.

Pero este miércoles, el segundo descontrolado y efímero en que se me representó la muerte de Kirchner fue horrible. Por lo que fue, por lo inmenso que será. Y por el vacío de todo lo que deja.

A la vez, la muerte de Néstor Kirchner refleja o hace eco en la muerte de Raúl Alfonsín. Quizás por una cosa no tan discutible: se murieron los dos mejores presidentes que ha dado la democracia. Y que han fundado proyectos que tienen enormes puntos de continuidad entre sí. Para muchos, el kirchnerismo es la continuidad del alfonsinismo por otros medios. Por medios peronistas, claro. Es el alfonsinismo posible.

Ambas muertes se cargaron y se cargan de la capacidad de producir un capital simbólico, y de construir en su ceremonia al heredero inexcusable de ese capital. Porque si la muerte del viejo caudillo radical derramó su valor sobre la figura de su hijo (casi un ignoto político hasta esos días), esta muerte de Néstor Kirchner ?más repentina e inesperadísima? también tiene su depositario en la figura de Cristina Fernández de Kirchner. O al menos eso es lo que corre en los comentarios sosegados y cínicos que no esperaron siquiera que el cuerpo del ex presidente abandone su tibieza.

Sin embargo, también así actúa la continuidad de la política, con una lógica que superficialmente puede sonar mercenaria, pero que es, a la vez, un modo en que los proyectos mutan y forman sus encarnaduras nuevas en tiempos donde Los ?ismos? tanto dependen de capacidades más bien individuales para sostenerse. Sólo es creíble en Cristina la fortaleza y la fe en un proyecto como el kirchnerista.
Pero en ambos casos se podría insistir en el espejo, y decir que existe una generación de jóvenes que se incorporaron a la militancia política de la mano de estos proyectos. Hoy, miles de jóvenes en la Argentina se han reincorporado a la militancia, al peronismo, se han amigado de manera relativa pero concreta con la idea de Estado.

Por eso, pero sobre todo por la maldita herencia que deja de un país más justo que el que tomó en sus manos: Gracias.

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