"Todo preso cartonero es político"
En su momento se supo de que se estaba negociando entre TBA y el gobierno nacional (Jaime) "algo", y que TBA apuntaba en el pliego de condiciones (¿para un plan de inversiones?) el cierre del Tren Blanco. No es pro ni es progre permitir que cualquiera puede vivir bajo un árbol, no hay posición ?por izquierda? que justifique eso. Pero el drama recientemente vivido a instancias de una dudosa y polémica orden de desalojo del asentamiento en Barrancas de Belgrano pone al desnudo lo profunda y compleja que es la ?problemática de los cartoneros".
Sobre todo, esta acción represiva, violenta, cruel, abunda en que no puedan despojarse de todas las versiones energúmenas que se montan sobre los cartoneros, sobre lo que hacen, sobre la mafia del cartón, sobre los nuevos asentamientos, sobre el "trabajo infantil" (entre paréntesis podríamos pensar que, llevar un niño a ?trabajar?, está sujeto a varias decisiones simultáneas: no tenés dónde o con quién dejarlo, sensibiliza al vecino sensible, previene a la actuación policial maldita que a un adulto con un niño es-mas-difícil-que-se-lo-lleven-preso, ayuda en el trabajo, porque el niño, sí, trabaja, y podríamos seguir por una amplia gama de colores), pero, digo: no va a poder ser pensado con la serenidad estatal que requiere una política focalizada que asuma una referencia concreta y desde la cual ordene, si no se para la pelota, si no se pregunta con la urgencia y sapiencia que el drama requiere, ¿de qué hablamos cuando hablamos de cartoneros?
Lo mas idealista es imaginar una política socio-ambiental que los reconozca aliados en el reciclado y la recuperación, y que tienda al asociativismo y su participación en las ganancias, con saltos en la cadena productiva (basta chusmear los contenidos de la ley 992 de la ciudad, por ejemplo, para pensar que algo ya se ha caminado). Cadena que empieza en negro, sí, roñosa, que empieza en la bolsa de un vecino, en el container, pero que cuánto tarda para que un galponero X, donde los sábados se le vende, la ?blanquee? a esa materia prima y termine en una papelera hecha y derecha.
Si la actividad es un trabajo o no (otra de las puntas de este iceberg), entra en un terreno de discusión que, en todo caso, tiene niveles. Una visión apurada y acusada de relativista dirá que sí. La existencia del circuito comercial lo confirma. La visión ambientalista le dará un valor comunitario importante, en un mundo metropolitano donde instalar una planta de separación de residuos, ni hablar de un relleno sanitario, despierta furia cacerolera. La perspectiva represiva, asumida por el macrismo gobernante, pretende recuperar terreno perdido desde el boom del realismo mágico del 2001/2002 cuando el precio del papel/cartón pegó un estirón. Por ejemplo, a un último pliegue de licitación aprobado para las empresas de recolección en el que se les adjudica el circuito de recolección y el pago por "zona limpia" se intenta volver al pago por tonelada (o sea: las empresas pueden volver a decir lo mismo que Macri en el 2002, que los cartoneros "roban la basura", ya que hasta ahora comparten "un mismo compromiso" y a las empresas les pagan por el circuito de limpieza, ahora si la cosa es volver a sumar volumen, esos muchachos serán su enemigo).
Es el capítulo cartonero de la guerra por el derecho a la ciudad que tendrá su capítulo habitacional, sanitario, etc. Pero no es seguro que la responsabilidad del nuevo gobierno municipal sea exclusiva, es decir, está servido en bandeja que el rechazo de los cartoneros y la represión están a flor de piel de la nueva gestión (no sin contradicciones, claro, en su mismo seno), pero hay una cadena de responsabilidades que requiere que el toro por las astas sea tomado, también, a nivel nacional. Las consecuencias del cierre del tren blanco eran previsibles, y se empezaron a incubar un año atrás, como mínimo. Aunque le tocó a Macri hacer de sheriff. Por ejemplo: la ONABE jamás dio visto bueno para ceder terreno en un solo proyecto (ya sea un estacionamiento de carros, una guardería de niños y niñas hijos de cartoneros, etc.), por ejemplo, en la estación Constitución. Claro, son eslabones desmembrados (las empresas de recolección, la secretaría de Transporte, el gobierno de la ciudad, los municipios del conurbano, las empresas de tren, la ONABE, etc., etc.) que se patean el tema unos a otros.
¿Había una vez una ciudad que los registraba (RUR), les daba guantes, pecheras, los vacunaba, estimulaba su asociatividad, etc.? Esa ciudad no existe mas. Eso duró lo que duran las convicciones en hombres como Aníbal Ibarra (que después "creó" el RECEP, ¡averigüen, averigüen de qué se trató eso!). Pero eso, aún, era mejor que esto, que salpica a todos.