Competencia política berreta

Competencia política berreta


La competencia política argentina está denigrada. Ni siquiera tiene jerarquía el “todo vale” de otros tiempos, cuando las maniobras políticas mostraban cierto grado de inteligencia. Al compás de la desvitalización de los partidos políticos se va perdiendo también la habilidad en el arte de hacer política, tanto que hasta el eximio profesor Nicolás Macchiavello ha dejado de ser autor de consulta en este tema.

“El Pelado nos está corriendo con la moderación ¿hasta cuándo le vamos a perdonar la vida?”. Así se expresan en la Casa Rosada y en el Instituto Patria para señalar a quien emerge como un competidor electoral.

La competencia actual es berreta, y los protagonistas de la lid carecen de formación y vuelo mental. Con la cuarentena, el discurso para limar al adversario se limitó a echarle culpas falaces acerca de que el contagio del Covid 19 se esparcía desde la Capital Federal, puerta de ingreso del virus que trajeron los turistas de todo el país y los extranjeros en febrero y marzo. Después quisieron instalar que el sistema de salud porteño está más saturado que el de provincia de Buenos Aires por la cantidad de viejos que deriva el gobierno, y no es cierto, es el Pami el que realiza los convenios con el gobierno bonaerense y manda a sus afiliados veteranos a traspasar la General Paz. Teléfono para Luana, promotora de la mentira. Máximo Kirchner, hijo de la vicepresidenta y diputado, no soporta pensar que colapse el sistema sanitario de la provincia y el de la ciudad quede indemne. Hasta con las desapariciones de personas la competencia se acható y dejó a los dirigente a la altura de una moneda acostada: Maldonado vs. Astudillo Castro. El Kirchnerismo insiste y reabre la causa del malogrado Maldonado por “desaparición forzada del Estado” macrista, y ningunea la de Facundo para no hacerse cargo: “desaparición en democracia”. De Julio López, “desaparecido en democracia” en el primer gobierno de Cristina Fernández, no hay noticias.

Releer a Nicolás Machiavello es, para quien gusta de la política, un placer infinito, un redescubrimiento de llaves maestras que iluminan el arte de lo posible, y agregaría de lo imposible. Sin embargo, hoy es difícil creer que los actuales elegidos por el pueblo apliquen con excelencia el arte de la política.

Más pasa el tiempo, más se pierden de vista las genialidades de aquel ejercicio, reemplazadas por la mediocridad y la ignorancia acerca de cómo abordar los conflictos esenciales del poder, y sobre todo los de la competencia política.

¿Es mucho pedir que traten al adversario con hidalguía para que crezca a su sombra? Pareciera que sí, si se cuenta las maniobras burdas de cada día, los mensajes portadores de mentiras, la escasez de pensamiento e ideas, las agachadas pueriles.

Machiavello aconsejaba usar la mentira en ciertas situaciones no como hábito, y también no cumplir la palabra dada cuando fuese necesario, así como calcular todo movimiento para ganarse el favor del pueblo y de los poderosos con el objetivo de triunfar.

Enseñaba a los príncipes a ejecutar esas formas y a disimular con diplomacia la satisfacción de los resultados. Sin embargo, aquí y ahora, se ve carencia de maestría, ausencia de grandes objetivos y apenas ambiciones de gente pequeña, más entretenida en sus intereses personales que en las necesidades del pueblo. Los ardides son tan bizarros que no alcanzan a generar daño.

La burocracia está refugiada en los pliegues de la pandemia ante la falta de otro telón. Entre ellos se mueve el presidente de los argentinos cuando su vicepresidenta lo autoriza.

Una máxima de Machiavello cabe aquí, para dilucidar una irracionalidad: “el que ayuda a otro a hacerse poderoso causa su propia ruina. Porque es natural que el que se ha vuelto poderoso recele de la misma astucia o de la misma fuerza gracias a las cuales se lo ha ayudado”.

“No es victoria verdadera la que se obtiene con armas ajenas”, decía el profesor medieval, pues “sucede siempre que las armas ajenas, o se caen de los hombros del príncipe, o le pesan, o le oprimen”. ¿No es acaso lo que padece el jefe de estado atenazado por su creadora?

José Ingenieros, sociólogo y médico argentino, publicó en 1913 “El hombre mediocre”, en contraposición al hombre idealista y superior. Actualicemos y digamos: hombre y mujer mediocre, mujer y hombre idealista y superior.

Con la categoría de mediocre Ingenieros fue implacable: “El mediocre es dócil, maleable, ignorante, un ser vegetativo, carente de personalidad, contrario a la perfección, solidario y cómplice de los intereses creados que lo hacen borrego del rebaño social. Vive según las conveniencias y no logra aprender a amar. En su vida acomodaticia se vuelve vil y escéptico, cobarde. Los mediocres no son genios, ni héroes, ni santos”. Más adelante, agrega: “… el hombre (o la mujer) mediocre entra en una lucha contra el idealista por envidia, intenta opacar desesperadamente toda acción noble, porque sabe que su existencia depende de que el idealista nunca sea reconocido y de que no se ponga por encima de sí”.

“Hay que pegarle al Pelado”, es la consigna kirchnerista tras leer las encuestas que ubican a Horacio Rodríguez Larreta por encima del presidente. Cristina Fernández no llega a la mitad, y su favorito Axel Kicillof, menos. Si hasta el ministro de Seguridad de la provincia que gobierna, Sergio Berni, tiene más chances para el futuro y está aprendiendo a mentir: dice que en junio de este año se “redujeron” los delitos en relación al año pasado. Según el Sistema de Inteligencia Criminal el delito dio un salto del 30 por ciento en ese mes. La Federación Económica de Buenos Aires calculó que en los primeros cinco días de apertura comercial ocurrieron 1.600 delitos, es decir unos 320 por día. Ningún capo del poder desmintió a Berni pero la ciudadanía, que padece el rigor y la violencia de los delitos, sabe que miente.

En la embestida contra HRL -ahora se usan solamente las iniciales o el nombre de pila, no más el nombre completo-, el titular del Poder Ejecutivo no quiso quedarse atrás y ya no lo considera su “amigo”, por el contrario, lo responsabiliza de no tener capacidad para atender a las personas mayores afectadas por el Covid 19, porque compró el verso de la jefa del Pami. Lo dijo al reinaugurar el Hospital del Bicentenario que Cristina Fernández ya había inaugurado en Ituzaingó en 2015, durante la campaña de Daniel Scioli. Otra reiteración de la misma mediocridad.

Así va la Argentina, transitando una cuarentena de más de 140 días, que paradójicamente se abre un poco justo cuando está creciendo el pico y se expande a otras provincias. La de 2020 es una cuarentena que enloquece a dirigentes y periodistas. Una eligió emborracharse con dióxido de cloro frente a cámaras después de darse cuenta que el presidente no la va a atender más. Una vicepresidenta que ignora la pandemia, prefiere impulsar una reforma judicial amañada y aumentar el número de miembros en la Corte Suprema de Justicia para que la salven de sus causas personales y las de sus hijos. Precisamente su primogénito Máximo cuestiona al presidente AF por reunirse con sindicalistas y empresarios que a él no le gustan. El presidente cuestionado acomoda su visión de la realidad a lo que quiere escuchar su interlocutor periodístico pro-venezolano: «ahora es la hora del Estado, ahora es la hora de la inversión pública, ahora el motor es el Estado. Punto. Y ahora, y para siempre, tenemos que entender que hay tareas indelegables del Estado como la salud y la educación. Y no discutimos más, porque ahora está probado, no lo pongamos más en duda». ¿What?

El Estado argentino tiene menos glóbulos rojos que un enfermo de leucemia, no hay hemoglobina que capte el oxígeno del aire para que llegue a todas las células, los respiradores artificiales de emisión monetaria están exhaustos, se acabó el papel y hay que imprimir afuera. Por suerte Argentina no cayó al abismo del default pero su futuro perdió el atractivo de la ilusión y ofrece solamente cientos de miles de puestos de trabajo esfumados a causa de la cuarentena, y miles de empresas que no volverán a abrir. Hay olor a quiebras.

En semejante situación, los políticos se mantienen atentos a las elecciones de medio tiempo de 2021, cuando falta un año y medio.

Habrá competencia, aunque los bolsillos famélicos de los trabajadores hoy no los dejen pensar más que en encontrar un bocado diario para los estómagos de sus familias. Para ellos, el futuro es remoto.

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