Oleg, el motoquero ruso que recorrió el mundo, llegó a Argentina

Oleg, el motoquero ruso que recorrió el mundo, llegó a Argentina

Salió de Moscú el 20 de agosto de 2014 y ya pasó por el Sudeste Asiático, Europa y África. Actualmente viaja rumbo a Ushuaia.


Oleg Jaritónov, motociclista de 46 años, salió de Moscú el 20 de agosto de 2014. Recorrió el Sudeste Asiático, Europa, África y llegó en avión, con su moto, a Buenos Aires, desde Johannesburgo. Actualmente viaja rumbo a Ushuaia.

Arriba de su moto, recorrió más de 111.000 km, es decir, dos tercios del camino, y ha visitado 62 países. Nacido en la capital rusa, es hombre de familia. Tiene un hijo de 18 años y una hija que hace poco cumplió seis. Viaja para cumplir su sueño, que parecía inalcanzable.

“Llega un momento en el que quieres hacer un balance de tu vida. Tratas de entender lo que has logrado y te das cuenta de que siempre has tenido miedo de hacer algo realmente grande”, declaró. Considera que el problema está en la educación que recibimos. “Primero a los niños les leen cuentos de hadas, alientan sus sueños, pero después, cuando los mandan al colegio les ponen límites. Con los años vamos olvidando nuestros sueños”.

“Tenía un negocio relacionado con exposiciones. En aquel momento hubo una crisis en el negocio y yo, personalmente, también pasaba por una crisis”, cuenta Oleg. Agrega que se cansó de su trabajo, “dejó de ser un aprendizaje y se convirtió en rutina”. Sentía que el tiempo corría y había llegado el momento de emprender algo. Ahora o nunca, se dijo a sí mismo.

Se sentó a pensar lo que podía hacer con su vida. Primero se le ocurrió hacer un viaje corto. Luego miró al mapa del mundo y se dijo: “¡Qué demonios! Tengo que hacer algo realmente grandioso”. Lo siguiente fueron su manos dibujando el recorrido sobre el mapa.

Recuerda que los únicos que recibieron bien la idea fueron sus hijos. “Mi hijo era adolescente, cuando uno quiere que su padre lo deje en paz, y a la nena le encantó que su papá fuera de viaje para mandarle fotos de mariposas, cocodrilos e hipopótamos de varios países del mundo”. En cambio, todos los demás lo trataron de disuadirle y le decían que era imposible hacerlo.

“Lo cierto era lo que no estaba preparado y no tenía nada para realizar una hazaña de este tamaño. Ni siquiera contaba con una licencia para conducir motos. Me la saqué mes y medio antes de que comenzara el viaje alrededor del mundo”, explica. Ni siquiera tenía una moto.

Sin embargo tenía un sueño y se daba cuenta de las dificultades que lo esperaban por delante. Por eso, seis meses antes de la salida se inscribió en los cursos de la técnica de pilotaje de enduro. Tenía que aprender a manejar en situaciones difíciles y extremas.

“Una de las razones por las que emprendí el viaje es que quería dar ejemplo a mis hijos. Si una persona realmente quiere algo lo puede conseguir”, dice Oleg.

A pesar de los obstáculos nunca pensó en abandonar el viaje, ni siquiera cuando estalló la crisis en Rusia y se desplomó el rublo. Recuerda que en aquel momento sus amigos lo llamaron por teléfono y le dijeron que tenía que volver, que no podía seguir con un presupuesto tan ajustado a causa de la inflación.

Argumentaban que sus aficionados iban a entender la decisión, pero él se negó rotundamente. No quería que algunas personas dijeran que no todo es posible y que existen obstáculos que no se pueden superar. Se dijo que tenía que seguir adelante, sentía una fuerte responsabilidad ante la gente que había confiado en él.

Su viaje está patrocinado por la Federación de Mototurismo de Rusia y la Sociedad Geográfica Rusa. Además, la empresa Morsviazspútnik lo equipó con un teléfono satelital, que le permite comunicarse con sus amigos o pedir ayuda en caso de emergencia.

Algunos de los espónsors desaparecieron al estallar la crisis, cuando ya estaba de viaje. “Si no fuera por mis amigos íntimos, que me apoyan en el viaje incluso con aportes financieros, yo no podría continuar”, confiesa el aventurero.

“En su mayoría son gente que conocí en mi camino, el 90% son compatriotas rusohablantes que residen en otros países”. Hay incluso algunos que no ha conocido personalmente sino que ellos mismos lo contactaron por internet al enterarse de sus viajes. Según él, no son ricos. Al contrario, los que no tienen muchos ingresos lo ayudan más. “Son más sinceros y más consistentes”.

Oleg no tiene la intención de batir un récord o de entrar al Libro Guinness. Eso no tiene mucho sentido para él. Lo que más le importa es conocer gente.

“Ni los paisajes, ni la naturaleza se comparan con los encuentros con otras personas. La gente brillante que encuentras en tu camino te transforma, te enseña algo, te abre nuevos horizontes y te permite hacer nuevos descubrimientos que quedarían inadvertidos en tu vida cotidiana”, asegura el motero ruso.

No habla idiomas extranjeros, ni siquiera sabe inglés. Solo conoce el lenguaje de los gestos. “Cuando dos personas se quieren comunicar se entenderán en cualquier idioma”, explica Oleg. “Me gusta encontrar a las personas y también los lugares despoblados, los desiertos sin gente donde te quedas a solas contigo mismo. Puede parecer extraño pero los lugares turísticos no me atraen”, reflexiona.

A lo largo de su camino se ha cruzado con numerosos rusos. “Estamos dispersos por todos los rincones del mundo. Incluso en los lugares más remotos de África me encontré con compatriotas, que al enterarse de mi viaje me invitaban a su casa”, cuenta el aventurero.

En Argentina también mucha gente rusa se ha ofrecido para ayudarle. “Puedo decir que Argentina me recibió con los brazos abiertos”, confiesa. Parece que no solo él necesitaba a sus compatriotas sino que ellos lo esperaban “como a un mesías con su moto”, una BMW modificada con un globo terráqueo y una banderita rusa. No es una exageración decir que logró unificarlos y hacerles sentir orgullosos de sí mismos, y lo más importante, confiar en que ellos también pueden superarse y cumplir con sueños.

Antes de desembarcar en Argentina sabía muy poco del país. Tango, vino, carne, lo típico. Pero confiesa que se enamoró de Buenos Aires. Según él, Argentina es algo puro. “Todo es verdadero y vivo. Camino por las calles y admiro la arquitectura y a la gente. Es muy amable y sincera, y está dispuesta a explicarte lo que necesites. No vi ninguna mirada de reojo”, cuenta el viajero.

Hay dos ciudades que lo impresionaron mucho: Lisboa y Buenos Aires, que, según él, tienen algo en común. Inicialmente no tenía planes de volver a Buenos Aires pero siente que no ha visto todo lo que quería.

“Los países anteriores que visité – Sudáfrica y Namibia- están perfectamente limpios. Buenos Aires tiene sus imperfecciones, como la, basura en la calle, pero todo eso agrega puntos a la ciudad. Está viva de verdad y no esconde nada. Tiene su carácter”, opina el motero.

Oleg confiesa que le encanta su viaje pero que ya tiene ganas de viajar rumbo a su casa. Argentina será un punto de inflexión. Ushuaia es el lugar más alejado de Moscú, el punto desde el que comienza su regreso a casa. Todavía tendrá que recorrer una larga distancia, dos continentes, pero ya será de camino a Moscú. Espera volver antes del 1 de septiembre del año próximo, cuando en Rusia comienza el año escolar, y poder llevar a su hija al colegio, que empezará el primer grado. Oleg comenta que extraña mucho a su familia. Cuando vuelva a casa quiere escribir un libro sobre sus viajes y hacer un documental a partir de los videos filmados durante su recorrido.

Te puede interesar

Que se dice del tema...