Es la pandemia, estúpido

Es la pandemia, estúpido

No es el aislamiento el problema, sino el contagio. La angustia no tiene sentido. Parecen niños quejándose a sus padres porque no hay golosinas.


La cuarentena es, por estos días, el objetivo a derribar por parte de comerciantes, políticos opositores y de algunos comunicadores, que apuntan sobre el aislamiento como la causa de todos sus males.

Obvian, por supuesto, mencionar que la cuarentena ha aparecido intempestivamente en nuestras vidas debido a una pandemia que azota a toda la humanidad, trayendo consigo una infección que no tiene consecuencias particularmente graves, pero sí tiene un alto índice de contagios. Por consecuencia, esta circunstancia provoca la saturación de los sistemas de salud y, en especial, de las salas de cuidados intensivos.

Al no existir una cura posible, por ahora, la única solución para enfrentar la crisis es que el Pueblo se aísle y se proteja en el refugio familiar, es decir, en su intimidad. No casualmente, este ámbito es atacado permanentemente por las estrategias de dominación, que incluyen el amedrentamiento y la imposición de ideologías de vida que no condicen con sus necesidades en el seno de los hogares, para que las familias consuman determinados productos, para que sientan miedo antes de encarar las luchas por sus derechos y para que sometan su filosofía de vida a las necesidades del mercado.

Esa invasión a la intimidad es uno de los métodos más finos, más precisos que tiene el sistema para atacar a la libertad del Pueblo. Existen “comunicadores” que aprovechan el prestigio de otros que los precedieron para proferir una mentira tras otra, para que las mentes indefensas de quienes no están avisados las tomen como verdades. No existe comparación entre Luis Majul y Antonio Carrizo o entre Joaquín Morales Solá y Sergio Villarroel o entre María Laura Santillán y Mónica Cahen D’Anvers.

Esta transmisión de supuestas verdades provoca la aparición de la “angustia”, el “cansancio” y la “saturación” de quienes deben recluirse en sus hogares para salvar sus vidas. Por si esto fuera poco, justo en los días en los que estos “angustiados” manifestaron su desagrado en las plazas públicas –el 20 de junio y el 9 de julio-, se contagiaron miles de personas. Precisamente en los días que corren estamos sufriendo el estallido de aquellos contagios. ¿Existe algo más parecido entre aquellos manifestantes del Obelisco y los niños que arman un berrinche a sus padres porque no les compran golosinas al pasar por un quiosco?

Paralelamente, el ministro de Salud de la Nación, Ginés González García, se refirió a la rigurosidad en sostener la cuarentena en los días pasados cuando manifestó que “estoy preocupado. Creí que iban a empezar a bajar como consecuencia de la cuarentena anterior. Lo que sucede es que evidentemente no tuvo el efecto que habían tenido las cuarentenas anteriores”.

La razón, para González García fue que ésta «no fue hecha de la manera correcta, por lo menos por todos los argentinos. La mayoría la hizo bien, pero los que no la hacen bien nos hacen pagar un precio muy alto”, se preocupó, aludiendo a los “saturados”.

Ejerciendo la virtud de la moderación, el ministro reconoció que “la gente está angustiada. Yo lo entiendo, pero lo que también es cierto es que en la medida en que circula más la gente y se cuida menos, tenemos más casos, que es lo que está pasando”.

Para rematar, el funcionario destacó que “la responsabilidad individual es fundamental. Hoy mucho de lo que está pasando tiene que ver con cosas clandestinas, reuniones, asados. Son momentos muy complicados”.

Ante la falta de sentido común, sería quizás necesario refrescar lo que ocurre en algunos países que son mencionados a menudo como ejemplo. El epidemiólogo jefe de Suecia, Anders Tegnell, expresó su desilusión hace un mes, cuando reconoció el fracaso del plan antipandemia que diseñó. «Creímos que nuestra sociedad segregada por edad evitaría una situación como la de Italia, donde varias generaciones viven a menudo juntas. Pero se demostró que estábamos muy equivocados. La cifra de muertos subió de forma dramática».

En España, adonde la pandemia pegó duro y causó la muerte de 28.432 personas, se habían abierto una serie de actividades en los últimos días, pero los contagios semanales volvieron a aumentar hasta el 400 por ciento y se mantienen activos 224 brotes en las comunidades autónomas de Cataluña y Aragón, donde se erigen las ciudades de Barcelona, Lérida, Huesca y Zaragoza.

En Israel pasó lo mismo, casi calcado. Regresaron las clases, se permitió hasta la celebración de bodas, pero el miércoles último se detectaron 2.33 contagios, triplicando las cifras máximas que se habían contabilizado hasta ese momento.

En nuestro país, justo cuando se produce una apertura parcial, el jueves murieron 114 personas y otras 6.127 fueron diagnosticadas con Coronavirus, lo que hace la cifra más alta en un solo día desde que la pandemia llegó a nuestro país.

Mientras tanto, se siguen produciendo las paradojas. Este martes, las autoridades de la provincia de Catamarca extendieron la prohibición de tomar mate para todos los empleados de la administración pública provincial, que el lunes 27 de julio regresarán a sus actividades luego del tradicional receso invernal.

Simultáneamente, el Ministerio de Salud de la Nación incluyó a Bariloche, el Gran Rosario y el Gran Mendoza entre las zonas en las que se está dando la “circulación comunitaria”. En estos tres lugares, se había avanzado desde el aislamiento al distanciamiento social, pero esta medida sólo permitió el incremento en el volumen de contagios. Inclusive, en Rosario se prohibieron las reuniones sociales y familiares durante los próximos 14 días, en un intento para frenar la proliferación de los casos.

No van a pasar muchos días hasta que las autoridades deban hacer lo mismo en el AMBA. A no ser que se promueva la remanida y poco científica teoría de la “inmunidad del rebaño”, que mató en Gran Bretaña a más de 45.000 personas.

Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado a nosotros mismos. El maquinismo, que crea abundancia, nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado, sentimos muy poco».

Charles Chaplin. El Gran Dictador (1940)

 

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