Crónica de una catástrofe anunciada

Crónica de una catástrofe anunciada

Aunque diversas voces lo anunciaban, la crisis estalló y las consecuencias –ninguna favorable– son imprevisibles.


La trama se espesa.

Mauricio Macri entra en el sprint final de su mandato en una situación de precariedad inédita. Mal atendida o desatendida, la crisis cambiaria tornó en crisis política con consecuencias severas: alianzas rotas, un gabinete partido y una mesa chica que tambalea porque tiene una pata más larga que las otras, ingredientes de un cóctel explosivo, que pone en duda ya no la reelección del proyecto Cambiemos, sino su mera supervivencia.

Con el radicalismo a la deriva, la clase media cada vez más lejos del fin de mes, el campo desencantado con los nuevos impuestos, el sistema financiero agotado, la derecha liberal espantada por el gradualismo, la derecha conservadora enojada por el debate sobre el aborto y el peronismo haciendo cuentas, el Presidente se quedó sin socios, aislado, débil y a la deriva. Como el emperador proverbial, está desnudo y nadie se lo dice. Solo se sostiene en el compromiso de Elisa Carrió, una rompedora serial de compromisos cuyo vínculo con la realidad cotidiana de los ciudadanos de este país es, si cabe, más tenue que el del propio Macri.

El fin de semana pasado todo voló por los aires: entre la espada de los mercados y la pared de su fragilidad, el mandatario decidió jugar la carta que había guardado como último recurso. “En caso de emergencia, rompa el gabinete”, una movida que le reclamaban desde la tribuna desde hace al menos dos meses. Era una maniobra de pinzas: reducir drásticamente la cantidad de ministerios daría una señal de austeridad. Incorporar algunos nombres con peso propio le haría ganar volumen político al Gobierno, un poco de oxígeno en una atmósfera viciada.

El plan se encontró con un inconveniente impensado cuando varias figuras sondeadas para incorporarse en el equipo desistieron del convite o exigieron cosas que el Presidente no quiere o no puede cumplir. El nerviosismo y las operaciones cruzadas llevaron a algunos de esos nombres a las primeras planas de los principales diarios, haciendo público el desplante.

La UCR creyó que era el momento para exigir las condiciones que nunca pudieron atribuirse en esta alianza despareja. Pidieron tres ministerios, incluyendo Interior. También la continuidad de la cartera de Salud. Un tercio del nuevo gabinete, cifra acorde a la cantidad de socios que comparten, al menos nominalmente, la aventura Cambiemos, como si la tajada de todos tuviera el mismo tamaño. Optimistas o boludos, en pocas horas su error de cálculo quedó en evidencia. Un llamado telefónico y un tuit de Carrió, emitido mientras arreglaba sus zapatos desde su base de operaciones en Exaltación de la Cruz, los devolvieron a la tierra de un hondazo.

La diputada calificó a los radicales como “oportunistas y traidores” y amenazó con abandonar el barco si se les daba un lugar preponderante en el gabinete. A través de las redes sociales respaldó a Macri, pero dejó clara su posición: “Yo sostengo a la República, al Presidente, a su equipo y no pido cargos”. Desde su lógica, tiene sentido: su estrategia de construcción de poder es otra.

El vínculo entre la titular de la Coalición Cívica y sus otrora correligionarios está roto, más allá de cualquier posibilidad de restauración. Macri es el único vértice de un acuerdo político que tambalea y tiene pronóstico reservado de cara a las elecciones del año que viene. Días después nos enteramos de que durante ese trance no estuvo en Olivos sino en su retiro en Los Polvorines y tercerizó las negociaciones a través de sus funcionarios de mayor confianza. Puede que el paddle y el fútbol sirvan para tranquilizar al Presidente, pero ciertamente no lo hace con sus socios políticos. Tampoco sumó a la concordia que dentro de ese comité que recibió a sus interlocutores en la quinta presidencial estuvieran Marcos Peña, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui, los tres funcionarios a los que se adjudica la paternidad de la crisis y son considerados como aquellos lo suficientemente buenos, pacientes u obsecuentes como para negar, todavía, la responsabilidad del primer mandatario sobre el estado de la situación.

Entre los que reclamaban un cambio de fondo en el esquema de gobierno no solamente había radicales. En las últimas horas de la semana pasada aumentó a niveles inéditos la presión del ala política del Pro para desarmar el triángulo de CEO que conducía –desde el primer piso de la Casa Rosada– cada engranaje de gobierno. Horacio Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal y Emilio Monzó plantearon la necesidad de un reemplazo que oxigene al mandatario ante la opinión pública y permita mayor volumen político a la hora de abrir a machetazos entre la maleza un camino hacia octubre del año que viene. Macri no entregó a Peña ni lo va a hacer mientras pueda: está convencido de que es el último fusible antes que tener que eyectarse él mismo de la Casa Rosada. Es decir, llegaron juntos, se irán juntos.

Lopetegui, hasta el cierre de esta edición, continuaba en el mismo despacho que ocupó desde diciembre de 2015, cumpliendo las mismas funciones; solo se borró su nombre del escalafón. A Quintana le ofrecieron un trato similar pero decidió irse, no sin antes dejar una curiosa despedida en forma de poema: “No digas que partiré mañana/ porque todavía estoy llegando”. Como el gordo Troilo.

Por lo demás, los anunciados cambios del gabinete se redujeron a un reordenamiento de fichas, sin cambiar nombres. Ninguno de los fichajes rutilantes difundidos el fin de semana se incorporó en el mejor equipo de los últimos cincuenta años. La mitad de los ministros fueron degradados: no renunciaron en masa porque el Presidente les pidió que se queden durante la transición para no debilitar todavía más su exangüe autoridad. Antes de fin de año irán dejando sus oficinas, de uno en uno. En el ínterin, les prometieron, seguirán percibiendo el mismo salario que hasta ahora.

La reducción de gastos no pasa por ahí, sino por los despidos que se prevén en al menos diez mil tercerizados y en otros tantos contratados, solo en la administración pública nacional. El ajuste de la política lo pagan los trabajadores, como todos los ajustes. Para implementar ese recorte fue promovido Andrés Ibarra. Es su especialidad. La otra ganadora fue Carolina Stanley, que al absorber la seguridad social bajo su ala quedará como administradora de la caja más grande del país. Justo ahora que empieza a sonar como posible candidata a vice el año que viene.

El problema es que para el año que viene falta un siglo. Las previsiones del Gobierno plantean una caída brutal de la economía y, por lo menos, hasta diciembre habrá una inflación que superará el 40 por ciento. Si el pronóstico se cumple, llegaremos al verano con una tasa de desocupación más cerca del 15 que del 10 por ciento y cuatro de cada diez argentinos habrán caído debajo de la línea de la pobreza. El aumento de precios de alimentos, combustibles y servicios superó largamente el 50 por ciento en lo que va del año, mientras que los salarios en blanco tuvieron paritarias que fluctuaron entre el 15 y el 25 y los informales se caen por el borde del mapa. El martes en la madrugada, Ismael Ramírez, de trece años, murió en un incidente producido dentro de un supermercado en Sáenz Peña, Chaco. Se dijo que fue durante un saqueo, pero la verdad es otra y recién se conocerá en estos días, aunque se puede anticipar que el altercado no habría tenido que ver con robos o saqueos.

Todas las noches de esta semana se reportaron episodios similares, en distintos puntos del país, como Mendoza, Chubut y el conurbano bonaerense. La incapacidad del Gobierno transformó una crisis bancaria en una crisis política; el riesgo de que escale hasta una crisis social está latente. Macri decidió que para evitarlo todo debería quedar en manos del mismo equipo que nos puso en esta situación.

Será una sorprendente historia de redención o una película de terror con final anunciado.

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