Antes del Coronavirus: las epidemias argentinas

Antes del Coronavirus: las epidemias argentinas

Las peores plagas fueron: Cólera (1867); Fiebre Amarilla (1871); Gripe Española (1918); Poliomielitis (1956) y Dengue (2009-2016).


Las epidemias son un enemigo invisible, que invariablemente es precedido por el miedo. Nadie se siente a salvo, por más que se encierre en un lugar seguro y aislado. Tampoco nadie conoce con exactitud hasta dónde “el virus” podría afectarlos a ellos mismos y a sus seres queridos. 

Estos males son epidemias porque no existe una cura inmediata que las frene. Por esta razón, el miedo es más fuerte, a veces, que la prudencia.  Cuando el antídoto sea encontrado, cederán los contagios y las almas conocerán la paz.

Antes de la crisis del Coronavirus, a lo largo de su historia, Argentina ya sufrió en varias ocasiones el azote de diferentes plagas, con disímiles resultados.Un dato curioso: las peores calamidades de la salud que azotaron a nuestro país –cólera, fiebre amarilla y gripe española- se detuvieron al llegar a las 15 mil víctimas. Es esperable que en esta ocasión sea posible detener al Coronavirus antes de llegar a esa cifra.

 

El Cólera y la crisis política de 1868

La primera epidemia importante que azotó a nuestro país fue la del cólera, que arribó a estas costas en 1867 y tardó más de un año en ser controlada. Provocó unos 15 mil muertos y alcanzó a nuestra ciudad y a las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, San Juan, San Luis, Catamarca y Santiago del Estero.

En aquel tiempo no se conocía que la culpable de todo era la bacteria “vibro colerae”, un bacilo con forma de bastón, que provoca el cólera en los humanos. Éste se transmite por medio de las aguas contaminadas que se beben o por las frutas y verdudas que se lavan con esas aguas y luego se consumen.

Pero esta circunstancia era desconocida en aquel momento, razón por la cual las autoridades comenzaron a pegar golpes a ciegas. Al deducir que la transmisión de la enfermedad se producía de persona a persona, los cadáveres eran abandonados y los familiares de los muertos huían –inútilmente, cabe acotar- de las ciudades hacia sus propiedades en la campaña.

Pero el cólera provocó además una fuerte crisis política, ya que el presidente Bartolomé Mitre se había ido a la Guerra de la Triple Infamia, en Paraguay, delegando el manejo del gobierno en su vice, Marcos Paz. Éste falleció de cólera el dos de enero de 1868 y Mitre tardó aún 15 días en regresar, por lo que la crisis se prorrogó y terminó con la asunción de Domingo Faustino Sarmiento el 12 de octubre de 1868, en medio de luchas intestinas y denuncias de corrupción.

 

La fiebre amarilla provoca un éxodo

Esta endemia fue declarada el 27 de enero de 1871, cuando el Consejo de Higiene Pública de San Telmo identificó como fiebre amarilla a la causa de la muerte de tres de sus habitantes.

Antes de que fuera declarada como superada, el 21 de junio de 1871, la fiebre se llevó unas 14 mil vidas, entre ellos al ocho por ciento de la población de la ciudad de Buenos Aires. Como tampoco se conocían las causas de la peste, las autoridades recomendaban a la población que bebiera té de manzanilla y aceite de oliva.

Entretanto, la clase alta, muchos de cuyos integrantes vivían en San Telmo, se trasladaron hacia el norte de la ciudad, dejando vacías sus casonas, que fueron ocupadas paulatinamente por inmigrantes españoles, franceses e italianos, muchos de los cuales tampoco sobrevivieron.

Por esos días, el Cementerio del Sur, que estaba situado donde hoy se alza el Parque Ameghino, entre el Hospital Muñiz y la vieja Cárcel de Caseros, quedó desbordado ante el enterramiento de miles de cadáveres. Por esta razón se abrió un nuevo cementerio, el del Oeste, que hoy es el Cementerio de Chacarita. La razón de la apertura de esta nueva necrópolis se debió a que el Gobierno prohibió los enterramientos de los fallecidos en el Cementerio del Norte (Recoleta).

Durante esta epidemia fallecieron mientras cumplían con sus deberes los doctores Manuel Argerich y Francisco Muñiz, en cuyo homenaje se denominó a dos hospitales de la ciudad. También el tartarabuelo de esta cronista fue víctima del mal.  

Un dato de color: en medio de la epidemia, el presidente Domingo Faustino Sarmiento se tomó un tren, acompañado de “otros zánganos”, según el diario La Nación y se fue a Mercedes, para poner distancia con los efluvios del mal.

 

La Gripe Española, el asesino más letal

Infectó a 500 millones de personas y se cree que mató a casi cien millones en todo el mundo, en el último año de la Primera Guerra Mundial. No se originó en España, pero en este país, que no estaba en guerra, la información sobre la enfermedad no estaba censurada, por lo que casi todo lo que se sabe hoy de esta pandemia se originó mayormente en la Península Ibérica.

A la Argentina llegó en octubre de 1918 y provocó unos 2.300 muertos, engañando a las autoridades acerca de una supuesta benignidad. Una segunda oleada, que arribó en el invierno de 1919, mató a 12 mil argentinos más, revelando la verdadera naturaleza del mal. Finalmente, tal como ocurrió con las dos epidemias anteriores, la cifra total de muertos se estancó en alrededor de 15 mil.

Como dato adicional, los inmigrantes que llegaban a nuestro país en aquellos tiempos con alguna patología sospechosa eran internados en la Isla Martín García,

Después de 90 años, en enero de 2009, una nueva versión del H1N1, la Gripe A, que antes se denominó como Gripe porcina, fue mucho menos virulenta y permitió deducir que, a pesar de que el virus no era exactamente el mismo, los humanos habían desarrollado un cierto nivel de inmunidad contra sus efectos en sus organismos.

Igualmente, la psicosis que crearon los medios de comunicación en 2009 fue totalmente exagerada, según el doctor Wolfgang Wodarg, expresidente de la Subcomisión de Salud del Consejo de Europa, que acusó a los laboratorios de especialidades farmacéuticas porque “se ha querido absolutamente utilizar estos nuevos productos patentados en lugar de poner a punto vacunas según los métodos tradicionales de fabricación, mucho más simples, fiables y económicos. No hay para ello ninguna razón médica. Únicamente cuestiones de márketing”.

 

La poliomielitis: niños en peligro

El primer brote de este mal llegó en 1942 y, en realidad, nunca se fue del todo y continuó afectando a muchos chicos y adolescentes –sus principales víctimas- durante la década del ’50.

El segundo brote importante estalló en 1956. Hubo 6.500 casos, siempre mayoritariamente entre niños y jóvenes.

Al principio, el gobierno que encabezaba el presidente de facto, general Pedro Eugenio Aramburu, intentó minimizar la epidemia. Aquí hubo, como en ocasiones anteriores, más golpes a ciegas. Entonces, todo se pintaba con cal, todo se lavaba con lavandina y a los niños se les colgaban con alfileres pequeñas bolsas de alcanfor, que se suponía que era un antídoto posible.

En realidad, el virus se contagiaba de persona a persona por la materia fecal, el agua o los alimentos infectados. Se alojaba en el intestino y, al ser metabolizado, atacaba fuertemente el sistema nervioso. Causaba la muerte, en los casos más extremos, pero los que sobrevivían lo mismo quedaban o paralíticos o con otras secuelas de problemas en su motricidad.

El 12 de abril de 1955, el doctor Jonas Salk, de la Escuela de Medicina de Pittsburg, anunció que había encontrado una vacuna, que fue aprobada poco después. De todos modos, esta vacuna inmunizaba a su portador, pero de todas maneras éste se convertía en un posible transmisor del virus hacia otras personas.

Esta grieta fue salvada por el doctor Alberto Sabin tomó los estudios de Salk y desarrolló un nuevo antídoto que, a diferencia de la vacuna del primero, que se inyectaba, era suministrada en un terrón de azúcar, para disimular su sabor amargo. Autorizada en 1962, esta vacuna permitió la eliminación total del virus.

 

Un dengue sin médicos

En 2016, se produjo un rebrote del dengue, que sorprendió a la  Argentina con la guardia baja. El primer brote había sido en 2009, cuando atacó a unas 27 mil personas y provocó cinco muertes. Éste, en cambio, afectó a 76.800 personas y provocó once muertos.

Desde diciembre de 2015 se habían paralizado algunos programas de abordaje territorial de la epidemia, que en 2009 se había circunscripto mayormente al noroeste del país –Salta y Jujuy-, ya que llegó desde Bolivia. 

El número de infectados de 2016 fue en un 53 por ciento superior al 2009. En este caso, bajo la gestión del ministro de Salud, Jorge Lemus, se desactivaron las campañas de prevención y de descacharrización, a la vez que fue desmantelada la Dirección de Enfermedades Transmisibles por Vectores, especialmente las delegaciones sanitarias federales de varias provincias y las unidades sanitarias en otras zonas críticas como las de Clorinda (Formosa), Puerto General San Martín (Rosario) y Entre Ríos.

Toda esta serie de desatinos fue complementada con una política de ocultamiento de datos sobre la epidemia por parte del gobierno, con la complicidad de algunos medios de comunicación, lo que colaboró con una mayor propagación del mal.

Los sabios ya hablaron

El médico y filósofo persa Ibn Sina (980-1037), uno de los padres de la medicina moderna, definió que “la imaginación es la mitad de la enfermedad. La tranquilidad es la mitad del remedio y la paciencia es el comienzo de la cura”.

Deberían tomar nota algunos “personal trainers”, algunos “surfers” y otras alimañas que rondan por el territorio argentino, que suelen ser más accesibles a la sandez que a la sapiencia.

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