Política y astrología

Por Nancy Sosa / 06 de marzo 2017

Nancy Sosa

El año 2017 no será tranquilo para nadie. Ni para el gobierno nacional, ni para el pueblo porque –aunque cueste creerlo- los astrólogos dicen que la oposición entre el Sol (el poder) y la Luna (el Pueblo), a la que se le suma la influencia opositora de Plutón al Sol en la carta natal de la Argentina, indica que las confrontaciones se repetirán por un buen tiempo y se verán con mayor virulencia que en otras épocas.

Que nadie se entusiasme con este pronóstico porque de esa tensión no saldrán ganadores, simplemente porque de lo que se trata es de una enorme transformación que se exige a ambos contendientes respecto de sus estructuras, de sus modos de actuar, para que caigan todas aquellas formas tradicionales y añejas que ya no sirven más, y se levanten otras en su lugar.

No es raro –salvo para quienes descreen- que la política pueda explicarse también desde otros puntos de vista menos racionales. Lo saben los políticos que siempre consultan, lo sabe la astrología mundana que, sin llegar a pronósticos dramáticos, puede anticipar acontecimientos sin determinar exactamente cuál será su índole.

La semana que se inicia presenta un nivel de conflictividad que no es ajena a esta apreciación. Tres días seguidos de reclamo, por los docentes, por la convocatoria de la Confederación General del Trabajo, por el insólito paro de las mujeres, no es algo que haya sucedido antes en forma concentrada en un mismo momento.

La constitución de ese frente de disconformes no significa que toda la sociedad perciba un malestar profundo, es simplemente una aglomeración sectorial tratando de sacudir al poder con mayores o menores razones, con intenciones propias de una oposición fragmentada que carece de un sello unificador.

El poder, por su parte, con la espalda contra la pared debe mirar con atención esos movimientos y buscar nuevas fórmulas para neutralizar el descontento, organizar canales novedosos de diálogo y acuerdos, aún cuando la testarudez dirigencial se escude en la intolerancia de las bases. Lo que no debe hacer en estas circunstancias es ignorar el movimiento y la tensión producidos.

El discurso del presidente Macri al inaugurar las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación tuvo la virtud de exponer una nueva y firme actitud política, hasta ahora no vista. Los analistas rápidos se olvidaron de señalar que en esa oportunidad el jefe de estado dio a entender, como en los últimos días se lo quiso emparentar, que “no es Fernando De la Rúa”.

Tal vez su visita a España y todos los honores rendidos a su persona le sirvieron para renovar una confianza en sí mismo, otorgándole una firmeza desconocida, exenta de muletillas discursivas que se fueron agotando en eficacia, capaz de avanzar sin prejuicios sobre los obstáculos que sorteó su gobierno en el primer tramo a causa de la herencia kirchnerista.

Macri recuperó para sí y su gobierno, la política. Ella había reaparecido en las últimas reuniones que mantuvo con la dirigencia más cercana, donde la libertad de opinión que concedió permitió asumir la realidad política y los errores cometidos con claridad. Tanto, que hasta quedaron en juego no sólo figuras prominentes del gobierno y asesores renombrados, sino también los criterios utilizados hasta aquí para juzgar los acontecimientos y los modos de arribar a las decisiones.

La Argentina sigue en crisis, como lo estuvo en forma permanente desde que reconquistó la democracia. Vivir en crisis para los argentinos no es ninguna novedad, pero los puntos de inflexión de una crisis prolongada se presentan siempre para explorar caminos y resoluciones distintos a los anteriores, y hasta lenguajes diferentes.

Es archiconocido que los gobiernos de turno digan que un paro gremial “es político”. Siempre son políticos los paros, pero tal vez debiera decirse que detrás de una medida gremial “hay intenciones políticas electoralistas” que sobrepasan a los reclamos salariales, o que –como en los docentes- los gremios están presionados por sus bases más izquierdistas a las que nada las conforma.

Este año, como en tantos otros, las clases no comenzarán a tiempo porque no se aceptan las ofertas del gobierno, por más que éstas contemplen mes a mes el crecimiento de la inflación. Pero en 2017 hay novedades que prometen modificar esta insensata repetición: los padres de los chicos ya están hartos de los juegos sindicales. Y aunque la idea sea invalidada desde niveles superiores, hay voluntarios en la sociedad dispuestos a quebrar la línea del destino paralizante de los docentes, como hay docentes agotados por el tironeo gremial.

El gremialismo en su conjunto ha llegado al fin de las especulaciones políticas. O se sientan a revisar la función sindical y la actualización del significado del empleo frente a las grandes transformaciones mundiales que produce el avance tecnológico, o corre el riesgo de perder su rol de columna vertebral como en muchos otros países (Alemania, por ejemplo), donde sólo uno de cada cuatro trabajadores está sindicalizado. Varios gremios argentinos padecen ya no sólo la desafiliación sino la atomización gremial.

La conflictividad social se acrecienta cuando las soluciones a los problemas históricos se dilatan o no aparecen en la agenda gubernamental y política.

Encauzar el conflicto es tarea prioritaria del gobierno para evitar que todo se desmadre. Imaginar nuevas formas de enfrentar los conflictos es la principal obligación del poder, el mejor de los desafíos políticos cuando el objetivo es producir el cambio y transformar la sociedad.

Este año no habrá choque de planetas, solo fuertes oposiciones que presagian grandes cambios. Veremos qué queda de todo esto.

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