Estilo Macri

Por Nancy Sosa / 05 de enero 2017

Nancy Sosa

El gobierno de Mauricio Macri presenta un estilo muy particular. Elige omitir el diseño de un proyecto de país, aunque de su modo de administrar en el primer año se desprende que no será de corte liberal puro, ni progresista al estilo populista.

La elección de un centro equidistante de los extremos ideológicos lo hace sostener una economía de mercado más no tanto, revelar una sensibilidad social pero sin dispendio desmedido, reconocer la influencia de algunos factores de poder pero sin someterse totalmente, buscar la apertura de la Argentina hacia el exterior pero sin definir una prioridad ante futuras alianzas.

El kirchnerismo, parte del peronismo y las fuerzas de izquierda pretendieron alertar durante todo 2016, con visiones forzadas, acerca de un gobierno de derecha, un gobierno de los ricos para los ricos, un gobierno neoliberal que, finalmente, no se develó como tal.

El análisis podría centrarse en identificar la clase de gobierno que está llevando adelante y si, verdaderamente, éste llegó para hacer transformaciones.

La naturaleza de las profesiones que eligen hombres y mujeres marca el carácter y la forma de tomar decisiones. Macri es un ingeniero que se preocupará siempre por cuestiones concretas, por imaginar previamente una obra en forma integral, elegirá el tipo de construcción que quiere hacer para cambiar algo y confiará en los buenos oficios de quienes lo acompañen hasta llegar al resultado final. En el trascurso del proceso corregirá los defectos que presente la obra.

Macri es un pragmático, libre de corsets ideológicos. Encarna un pragmatismo flexible que le permite maniobrar lentamente hacia adelante, con avances y retrocesos que responden con rapidez a los aciertos y errores que aparecen en el camino. A diferencia de mandatarios anteriores, no es aventurero ni pasional, no tiene miedo a equivocarse, no es soberbio ni aspira a ser un actor grandilocuente.

Su liderazgo político, desprovisto de las características que solían expresar los carismáticos del siglo XX, genera extrañeza en los argentinos, tan habituados a esperar ser conducidos –por no decir manejados- por una figura de palabras fuertes y subyugantes, de discursos explayados hasta agotar al público, de energías potentes que envuelven en una nube de sueños que trasportarán a la sociedad siempre hacia un mundo ideal. Un mundo que nunca llega.

Macri ni siquiera critica a su antecesora por la “herencia recibida”. Simplemente deja que los medios de comunicación y la justicia la destrocen minuciosamente, mientras considera que es ventajoso que ella se mantenga como el polo opositor, porque le conviene.

En el primer año de gobierno pareciera que Macri no cambió nada, y no es cierto. La prudencia de anunciar una vez, y no usar sus decisiones como latiguillos comunicacionales, provoca que algunas modificaciones pasen desapercibidas para la población. Sin embargo, ésta toma nota.

Los cambios de Macri son, en principio, de forma, pero sin alaraca. Cambiar las formas no es un tema menor en la Argentina, es tan importante como cambiar de fondo.

Su modo de cambiar las formas también es atípico. Por ejemplo, Macri mantuvo los subsidios y asignaciones sociales otorgados por el gobierno anterior, y hasta aumentó el número de beneficiarios. ¿Es que Macri se volvió populista? Sin ninguna duda, no. Lo que hizo fue reencausar los subsidios, controlar fuertemente el destino de esos fondos para paliar el nivel de pobreza y tranquilizar a varios movimientos sociales. Ahora, ningún puntero es el dueño de la repartija, sino el propio Estado.

Cambió el fondo y la forma cuando levantó el cepo cambiario y liberó el tipo de cambio. ¿Qué pasó con esa medida “liberal”? Nada, no se cayó nada, ni el dólar se fue a las nubes ni nadie compra dólares desesperadamente.

La segunda medida “liberal” de Macri fue eliminar las retenciones a las exportaciones agroindustriales, a los productos de las economías regionales y a la actividad minera. “Tan liberal” fue esa medida que excluyó al complejo sojero para el cual piensa una disminución gradual. El “yuyo” no fue tan beneficiado como dicen algunos.

En los primeros cuatro meses de gobierno cerró definitivamente el default parcial argentino, extendido incomprensiblemente por 14 años. Esta cancelación nacional tuvo –pese a ser Cambiemos una minoría parlamentaria- un apoyo legislativo muy amplio con el propósito de que el país se abra a los mercados internacionales. ¿Qué reacción tuvo la sociedad sobre esta medida? Ninguna.

En cuanto abrió las posibilidades a la exportación y a la importación, Macri recibió las quejas de los empresarios que reclaman proteccionismo a las industrias nacionales. Por pertenecer al sector, el presidente sabe que algunas industrias necesitan la protección del gobierno, pero también sabe de las especulaciones empresarias acostumbradas a exigir por el atraso cambiario. Una película vista varias veces en el país. Y Macri no se mueve, por el contrario, se enoja con sus pares empresarios porque no ayudan a salir de la situación crítica en que quedó el país.

El “gradualismo”, esa forma de cambiar las cosas, diferente a los efectos que producen las políticas de shock amadas por los economistas liberales, se va cumpliendo en casi todas las áreas. El aumento tarifario brutal en las empresas de servicios no se compadeció con aquel propósito, y fracasó. Marcha atrás, barajar y dar de nuevo, sin importar quién fue el culpable. Hoy, el gradualismo en el saneamiento del Estado engordado por la administración anterior se va cumpliendo paulatinamente.

Cuando insistió en el blanqueo de capitales para la repatriación de fondos y la incorporación de los tesoros guardados en el colchón, nadie creyó en el éxito de las operaciones después de ver cómo las expectativas se cayeron una y otra vez durante el kirchnerismo. La confianza es vital en la política. El año 2016 cerró con una cifra parcial de 100 mil millones de dólares, superando ampliamente las aspiraciones del propio gobierno de Macri. Cambió la confianza, que no es poco.

El impuesto al trabajo –mal llamado impuesto a las ganancias-, fuente de recursos insustituibles para el gobierno, finalmente encontró su cauce después de un proceso corto pero enredado. Es el caso testigo para verificar que el cambio de formas incluye el cambio de fondo.

El error más grande del 2016 se pagó caro, pero el gobierno lo bancó, retrocedió, negoció, resucitó e hizo jugar a los gobernadores un rol protagónico. Acordó con el mayor opositor,Sergio Massa, pese a la jugarreta previa que hizo estallar todo por los aires. Acordó con la CGT para que un nuevo proyecto, menos oneroso, fuera aprobado por una amplia mayoría en las cámaras de diputados y senadores. El gobierno de Macri, impedido de imponer, aceptó y negoció.

Por último, y sin que con esto se agoten los ejemplos de los cambios, Macri admite que pedirá plata prestada para resolver el déficit fiscal –exhuberante ya antes de asumir- y timonear el barco que seguirá moviéndose durante 2017.

Macri no le teme al endeudamiento externo, no le provoca complejos pedir frente al concierto de las naciones. Mientras Néstor Kirchner tenía la obsesión de “no deberle nada a nadie” para mantener una independencia ficticia, Macri se muestra tranquilo porque sabe que un empresario como él se pasa la vida operando con habilidad entre créditos y débitos en el mundo de los negocios. Macri no tiene miedo de quedarse sin dinero.

Lo que seguramente no hará es aceptar tasas de usura aplicadas por países “amigos”, como Venezuela, a créditos otorgados a la Argentina durante los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner.

Como los señalados, hay una media docena más de ejemplos. Hay que mirar bajo el agua.

El estilo presidencial actual es novedoso. Su falta de estridencias hace que parezca débil, pero hay que dejarlo andar pues la formación y la experiencia de los funcionarios que integran el gabinete –si bien carecen de fogueo político- pueden traer soluciones impensadas a los problemas históricos del país.

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