Donald Trump: ¿Anticristo o kirchnerista puro?

Por Nancy Sosa / 03 de febrero 2017

Nancy Sosa

Las medidas concretas adoptadas en las políticas nacional e internacional, la furiosa reacción personal ante los medios de comunicación estadounidenses, el “you are fired” a la fiscal general por oponerse a sus restricciones inmigratorias, las peleas con el Fondo Monetario Internacional, hacen que en muy poco tiempo Donald Trump ya sea visto casi casi como un “anticristo”, o en el mejor de los casos como un kirchnerista puro.

Las actitudes permanentemente desafiantes y provocativas del nuevo presidente del país más poderoso del mundo son más potentes que las de los dos Bush, padre e hijo, con la diferencia que estos republicanos provenían del mundo de la política y el poder, y sabían lo que hacían.

Trump aparece como un verdadero “elefante en un bazar”, para solaz de miles de argentinos que quieren ver en su figura una revancha revolucionaria contra el capitalismo mismo, padeciendo en su propia salsa las locuras de un típico –dirían los yanquis- caudillo latinoamericano. El alto, rubio de ojos azules se ha revelado como un experto en crear enemigos en el mundo entero.

Cada día que pasa Trump hace recordar más al estilo político del kirchnerismo. Su visible odio hacia los medios de comunicación que no adhieren a su postura, a los que ahora se suma la cadena internacional de CNN, rememora la puja del gobierno argentino anterior contra los medios nacionales cuando impuso la Ley de Medios de Comunicación hace cinco años.

Sin embargo, Trump es más frontal que la ex presidenta, quien despreciaba tanto a los medios y a los periodistas no adeptos a su gobierno que les negó para siempre los reportajes. Trump, con una brutalidad increíble, los echa de las conferencias de prensa, botonea en público a quienes cree que no dicen la verdad, y rescata a los que confirman “su verdad”.

Faltaría escuchar por estos tiempos que Trump acuse “a la corpo”, o que algunos sectores que lo apoyan hagan un circo enjuiciando públicamente a periodistas y medios.

Trump está instalando el miedo en la sociedad norteamericana, tanto que hasta los senadores que deben renovar sus mandatos dentro de dos años, no saben si enfrentarlo ahora, o callarse la boca por ese lapso y revelarse como opositores cuando llegue la campaña.

Con este presidente nada es previsible, y a esta altura de su vida ya se ha vuelto incorregible.

Si alguna vez los grupos políticos más anticapitalistas querían ver a los Estados Unidos morder el polvo al estilo latinoamericano, pueden ahora celebrar a Trump.

Todo lo señalado bien podría quedar en anécdotas de no ser por el dramatismo que este inicio de época trumpetista presagia para el futuro cercano y lejano. Cuando uno de estos líderes pasa por un territorio, emergiendo de la insatisfacción de un pueblo como el remedio menos malo, no queda nada.

La “locura” de Trump, primera tentación que nace de sus detractores para justificar las dislocadas decisiones políticas, proviene de la ausencia de la política, de la crisis del sistema bipartidista estadounidense, del exagerado acatamiento al “establishment” y de ignorar los cambios producidos dentro de la sociedad.

Mientras Hillary Clinton se preocupaba por sostener una estrategia internacional que mantuviera a los Estados Unidos en la imagen de un país poderoso, Trum se quedaba en la táctica observando como la globalización había hecho añicos el trabajo en los EE.UU. Barack Obama lo recuperó en parte, pero no fue suficiente.

A los mineros del carbón –altamente contaminante- no les importa el cuidado del Medio Ambiente en el planeta, y a Trump está visto que tampoco. Los mineros solo quieren su trabajo de toda la vida, no aceptan cambios que benefician a la humanidad. Así es que, uno de los mayores peligros globales no figurará en la agenda del nuevo presidente.

Si el mundo está preocupado por los movimientos de refugiados que huyen de las guerras, a Trump no le importa y cierra el ingreso a su país de personas que seguramente nada tienen que ver con el terrorismo. El primer ministro de Australia vivió en carne propia la negativa de Trump de recibir a centenares de refugiados acordados con Obama. Trump llamó “estúpido” a ese acuerdo y dijo que no quería recibir a ningún terrorista que atentara contra Boston.

Si el mundo se mueve gracias a la comercialización internacional de productos en una relación histórica de intercambio económico, a Trump ello solo le provoca cerrar el ingreso de productos extranjeros, rompiendo esa cadena con un simple decretazo coherente con su idea de instalar un proteccionismo populista.

Las advertencias del Fondo Monetario Internacional acerca de que cerrar las fronteras será más perjudicial para la economía del planeta entraron por una oreja de Trump y salieron por la otra.

Y hará el muro que divide a los Estados Unidos con México, cortando el ingreso de inmigrantes ilegales latinos sino causando una debacle inmensa en la producción norteamericana que cuenta con mano de obra mexicana, además de amenazar con desmantelar las industrias radicadas en el país vecino dejando a miles de personas sin trabajo.

A Trump nada le importa. Ni el Congreso con sus dos cámaras, a las cuales ignora tomando decisiones por decreto, ni el Partido Republicano al que no consulta, ni el bipartidismo histórico, ni la democracia norteamericana que siempre fue el orgullo de ese país. Pensar distinto que Trump supone recibir un improperio del presidente, o un simple levantamiento de hombros. No hace falta tener mucha memoria para asociar esta actitud con lo que vivimos los argentinos hasta hace poco tiempo.

Este hombre agraciado con una altura que lo hace pensarse en la cima de una montaña y desde allí ver a los pobres mortales de abajo, es un creador de grietas, fronteras adentro y afuera. Dentro del país, condujo a multitudes enormes a gritar su enojo contra su pensamiento, su acción y su liderazgo. Esas multitudes no cesarán de protestar en la calle durante los cuatro años de mandato.

Afuera del país, ya se vio cómo –sin diferencias con su contrincante Hillary Clinton- ya mandó a atacar sin mediar demasiadas elucubraciones a los asentamientos de Hezbolá en Cisjordania. Lanzó sin medias tintas un sartenazo contra China, celebró el Brexit contra la Comunidad Económica Europea, amenazó a automotrices internacionales, suprimió sin remplazo el “obamacare” dejando sin asistencia a la salud de miles de estadounidenses.

Un millón de ingleses se convirtieron de pronto en enemigos de Trump y quieren impedir que visite la isla.

En menos de quince días, Trump desencadenó el infierno con un estilo que los argentinos conocemos muy bien.

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